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por Bohemio el Lun Feb 01, 2010 5:50 pm
A
SUZI
la fuente, el amor y el fuego... todo comienza contigo
A
RAUN KAHIL
Nos has conmovido y emocionado...
amándote hemos encontrado el camino
A
BRYN Y THEA
mis niñas tan especiales...
una inspiración cada día,
todos los días.
A Nancy, Maire, Vikki, Laura y Jerry; ustedes nos ayudaron, dando lo mejor de sí mismos e hicieron que esto fuese posible para Raun y para nosotros. —A Abraham; gracias por concederme mi parte de la roca"—A Marv, mi cariñoso guía, que estuvo siempre allí, sin condiciones ni juicios. —A Elise, que me dio las estrellas. —A Bruce, que abrió todas las puertas. —A la Actitud; «amar es ser feliz junto a otros», sin la cual no podríamos haber comenzado.
— Y para todos los niños, en cualquier lugar, que necesitan una oportunidad.
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Bohemio
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por Bohemio el Lun Feb 01, 2010 5:51 pm
UNO
Sus manitas sostienen el plato delicadamente, sus ojos examinan el contorno liso, y sus labios se curvan con deleite. Está preparando el escenario... éste es su momento como lo fueron los últimos y los anteriores. Es el comienzo de su paso a la soledad que se ha transformado en su mundo. Lentamente, con mano maestra, coloca el borde del plato en el suelo, acomoda su cuerpo en una pose confortable y balanceada, y mueve repentinamente su muñeca, con gran destreza. El plato comienza a girar con una perfección deslumbrante. Gira sobre sí mismo como si hubiese sido activado por una máquina exigente. Y así fue. Esta no es una acción aislada, ni simplemente un aspecto de alguna fantasía infantil... se trata de una actividad importante, llevada a cabo con habilidad por un niño muy pequeño para un público conocedor y expectante: él mismo.
A medida que el plato se mueve rápidamente, girando hipnóticamente sobre su borde, el niño se inclina sobre él y su mirada se dirige directamente al movimiento. Homenaje a sí mismo, al plato. Por un momento, el cuerpo del niño delata un movimiento apenas perceptible, similar al del plato. Por un momento, él y su creación giratoria son una sola cosa. Le brillan los ojos. Se sumerge en ese jardín de juegos que es él mismo. Vivo. Con vida.
Raun Kahlil... un hombrecito en el borde del universo.
Antes de esto, de este preciso momento, habíamos estado siempre atemorizados ante Raun, ese hijo nuestro tan especial. Algunas veces nos referíamos a él como a alguien «con daño cerebral.» Siempre pareció estar en la cumbre de su felicidad. Altamente evolucionado. Rara vez lloraba o expresaba alguna molestia. Su satisfacción y su soledad parecían sugerir una paz interior y profunda. Era un Buda de diecisiete meses contemplando otra dimensión.
Un pequeño niño que navegaba sin rumbo en la corriente de su propio sistema. Encapsulado detrás de una pared invisible y aparentemente impenetrable Pronto lo encasillarían. Una tragedia. Inalcanzable Extraño. Estadísticamente, cabría dentro de una categoría reservada a todos aquellos a quienes consideramos incurables... inaccesibles... sin esperanza
Nos preguntábamos si podríamos besar el suelo que otros habían maldecido.
El comienzo. Hace sólo un año y cinco meses. Eran las cinco y cuarto de la tarde, una hora en que viajar desde el centro de Nueva York hasta mi casa es
como tratar de atravesar una ciénaga mecanizada.
Afuera, el asedio de los monstruos metálicos y el desordenado atropellar de la gente apresurada y de rostros vacíos que embisten hacia su liberación diana.
La hora de mayor movimiento. El último esfuerzo que consume el día.
Y yo, sentado tranquilamente en mi oficina de la Sexta Avenida, jugando al ta-te-ti de la publicidad con otra película. Fellini, a veces Bergman, una película de Dustin Hoffman, hasta una de James Bond. Desarrollando el concepto, la imagen y la esencia de una campaña publicitaria. Resmas de papel enfrente de mí, cubiertas por los garabatos de millares de ideas. Haciéndolo una y otra vez. Absorto en el desafío de colocar un producto en el mercado, me sentía entusiasmado por la libertad de producir y de crear. Manejando las palabras. Haciendo hipótesis de los cuadros y los gráficos. Cuidando de que se lleven a cabo en fotografía, escultura o ilustración. Este era el lugar donde nacían mis ideas favoritas, las que sobrevivían, y el cementerio de los avisos que caían frente a tropas de fusilamiento comerciales y se de¬sangraban a muerte en el suelo de salas de conferencias llenas de humo.
Estaba considerando la solución para otro proyecto mientras me preparaba, como todos los días, a pasar a empujones a través de esa multitud que es la humanidad. Volver a casa, donde Suzi con su cálido abrazo pondría un tranquilo final a mi día. Volver a Bryn, mi sexy dama de siete años, que baila coreografías chaplinescas con un sombrero. A Thea, cuyos ojos oscuros y menudas formas de tres años anuncian la presencia de una pequeña mística. A la loca de Sasha y al majestuoso Riguette, dos enormes e intrépidos perros ovejeros belgas, de sesenta kilos, semejante a osos y también a mí.
De pronto, el agudo sonido del teléfono atraviesa mi velo de profunda concentración. La llamada es... para mí.
—Ahora mismo... acaba de comenzar , y ya las contracciones son cada cuatro minutos. Llamaré a alguien para que cuide a las chicas y a alguien más para que me lleve al hospital. ¿Estás bien? No te preocupes. Tómate el tiempo que necesites. Yo te esperaré.
Todo saldrá bien... las enfermeras están entrenadas y me ayudarán hasta que llegues allí.
Suzi parecía tan controlada. Yo sentía mi cuerpo atravesado por la excitación. Ahora no, Dios, justo a la hora de mayor tráfico. Mientras volaba escaleras abajo, me reía ante tal ironía. Meses de práctica juntos. A diferencia del nacimiento de nuestros otros hijos, éste sería un proyecto conjunto, un nacimiento tanto para Suzi como para mí. Natural. Seguíamos el método de Lamaze, sin drogas, sin calmantes. El padre y la madre estarían unidos en el ritmo respiratorio. Ambos habíamos completado un complicado programa de entrenamiento, de modo que cada uno de nosotros pudiese funcionar junto con el otro des¬de el comienzo de las contracciones hasta el parto. En este maravilloso proceso yo era una de las piezas esenciales. Pero primero debía llegar hasta allí... te¬nía que estar con ella.
Pánico. Nunca llegaría a través del laberinto. Para darle ánimo, para quererla, para consumar la creación. El arranque del auto que no se decidía a funcionar. Los recuerdos se sucedían como en un montaje de cámara lenta. Apúrate. Apúrate más. El pulso me golpeaba en la cabeza como para ayudarme hacia adelante. Empújalo. Deséalo. Haz que el tráfico desaparezca. Imaginé a Suzi en alguna habitación azulejada, fría y con corrientes de aire... contando y res¬pirando al son de sus propios ecos. Toda la práctica, la paciencia... todo robado por una serie de circunstancias arbitrarias y crueles. Imposible. No permitiría que eso sucediese. Mi mente iba más rápido que el auto. Para Suzi, éste no era sólo el nacimiento de nuestro tercer hijo. Compartir esta experiencia conmigo era la culminación de un sueño. Tenerme como parte de la evolución. Y tener un hijo varón. Nuestro primer varón. Las niñas habían llenado nuestras vidas con un nuevo cariño, con suavidad. Para mí, otra mujer en la casa sería sensacional. Un varón sería un regalo inesperado. Para Suzi, la inversión emocional era diferente. Quería a las niñas con una intensidad que la consumía, pero siempre había querido al me¬nos, un hijo varón. Y ahora estaba segura de poder agregar esa particularidad a su vida.
Mis manos se aferraban al volante... había pasado una hora. Me había sido arrebatada, a mí, a nosotros. Subí al pasto con el auto y apreté el acelerador. Arriba, sobre las veredas. Las interminables filas de auto¬móviles a mi lado. Pasando de largo las luces de los semáforos. Un fantasma durante el día moviendo las moléculas. Acelerándolo. Tenía que estar allí. Sabía que yo era algo más que un miembro importante del grupo, era el único que le quedaba a Suzi. El padre de Suzi no estaba disponible, sino lejano, consumido por un segundo matrimonio y una nueva familia con hijos pequeños. Su madre había muerto cuatro años atrás a la temprana edad de cuarenta y seis años, mientras esperaba un hijo de su segundo matrimonio. Su hermana permanece al otro lado de una pared. Al igual que Suzi, ella también tuvo que aguantar los solitarios años de una niñez transcurrida en la confusión y el divorcio. El dolor y la angustia habían llegado a las dos. Pero Suzi también había tratado de alcanzar el cariño y la alegría. Todos esos años reparando el daño, reconstruyéndose a sí misma y encontrando nuevas alternativas. Había sido una travesía difícil e incoherente para ella en su momento. Y para mí en el mío. Pero casi todo eso era sólo un recuerdo ahora, estaba en la nebulosa de otra era. Juntos habíamos encontrado nuevas razones para existir.
Finalmente... el hospital. Estacioné sin ningún cuidado y prácticamente salí despedido del auto. Corriendo por el pasto, subiendo los escalones de a tres, cruzando la entrada y en una loca carrera buscando un ascensor vacío. Caminando por largos pasillos. La gente se apartaba de mí... no tanto porque notasen mi apuro sino más bien por su propia seguridad. Esto era una versión abreviada de un scrum de fútbol. Con mi metro noventa de altura y mis ciento nueve kilos, avanzaba atropellando por el interior del edificio público. Imaginándome como un zaguero metafísico reencarnado en el Oso Grizzly, con una mata de pelo indomable y un rostro barbudo agitándose al ritmo de la carrera. El Gran Oso. Un apodo con el cual me habían bendecido Suzi y las chicas, su interpretación lírica y afectuosa de mi tamaño y apariencia. Barry... se transformó en Barz, que luego fue Bears (Oso) y, finalmente, El Gran Oso. Yo. Con mi alocada imagen de revista cómica, corriendo y eludiendo gente por el piso encerado, planeando con mi propia energía.
Entonces escuché... una voz, mi nombre rebotando de los pisos y de las paredes. Lejos, a una cierta distancia, una enfermera me hacía señas enérgicamente, como si estuviese aclamando una recta de la última carrera en el hipódromo de Aqueduct. Y para mí, eran los últimos metros, la línea de llegada para el corredor de larga distancia.
Ya no había tiempo. Desvestirse en la sala. Nues¬tro hijo estaba por nacer. Había llegado justo.
— ¿Cómo está ella?
—Se está desempeñando perfectamente.
Ahora la otra enfermera estaba ayudando... alcanzándome la ropa blanca y la máscara.
De algún modo Suzi había decidido esperarme y no abandonar la idea del parto natural inyectándose un calmante... y desvaneciéndose. Pero si hubiese si¬do necesario, lo habría hecho sola. Habría confiado en sí misma.
Se oyeron gritos de los otros cuartos; la sinfonía del parto sin control. Yo flotaba: pasé a un tranquilo recinto, finalmente al lado de Suzi... otra enfermera me daba la mano de mi mujer. Estaba en medio de una contracción. El estómago se arqueaba hacia arriba formando una curva alta mientras ella apretaba los labios. Rápidamente empujaba el aire hacia adentro y hacia afuera de los pulmones, con un ritmo corto y seco. Intenso. Quieto. Una maravillosa pantomima. Al principio no me miraba, pero sabía que yo estaba allí. Me apretó con fuerza la mano, al tiempo que yo la besaba suavemente; entonces empezamos a contar juntos en voz alta. Las comisuras de su boca moviéndose en una sonrisa apenas esbozada.
A lo largo del pasillo hasta la sala de partos. Paredes con azulejos blancos, instrumentos de aluminio y luces brillantes. Más jadeo. Hablábamos durante las pausas. Más frenéticos de lo que habíamos imaginado, pero los dos estábamos allí. Hasta el doctor gozaba del momento, tarareando una canción italiana vagamente conocida, que había aprendido en su niñez. Las enfermeras se colocaban rápidamente en diferentes posiciones. Todos se preparaban para desempeñar su papel. Un papel en una pieza contemporánea... un evento teatral.
Episiotomía. Nadie en la clase de parto natural había hablado de eso, el corte. Mientras miraba, el cuarto empezó a bailar ante mis ojos. Después empezó a girar. La imagen de mí mismo empezó a resquebrajarse y se desmoronaba. Alguien me aferró mientras caía hacia adelante y me llevó fuera del cuarto. La enfermera me sonrió y dijo que siempre pasaba lo mismo. Pero no importa. No podía perdérmelo ahora. Introduje un frasco de sales por debajo de mi máscara y me metí nuevamente dentro de la sala. Todos sonreían. Suzi parecía tan intensa, tan controlada. Se reía cuando volví a su lado y pronto se perdió en la siguiente contracción.
El doctor le dijo que empujara... con todas sus fuerzas. Dentro de mí, yo empujaba con ella. Me parecía tan valiente ahora. Ningún grito de dolor. Ningún recelo. Estaba totalmente comprometida. Pro¬creadora y participante. De repente, luego de un es¬fuerzo impresionante, un precioso niño color de acero resbaló del vientre de su madre. Un varón. Comenzó a respirar y a llorar al mismo tiempo. El doctor se lo puso a Suzi sobre el estómago mientras cortaba el cordón umbilical. Increíble. Era nuestro y lo habíamos visto llegar a la vida.
La enfermera dijo que era un espécimen perfecto. Nos miramos atemorizados. A cada segundo el color de su cara y de su cuerpo, cambiaban. Al inspirar, el gris nuboso se transformaba en rosa y su mirada contemplaba el universo. De los ojos de Suzi caían lágrimas. De alegría. La culminación. Me sentía tan lleno de vida... tan comunicado. Lo llamaríamos Raun Kahlil.
En casa, el primer mes con Raun no fue tal como lo habíamos esperado. Parecía preocupado, llorando día y noche. Se mostraba poco comunicativo cuando se lo alzaba o se lo alimentaba, como si estuviera ensimismado en algún conflicto interior. Íbamos y volvíamos a ver al médico, quien nos aseguraba que nuestro bebé era perfectamente sano y normal. El coeficiente Apgar había sido de diez al nacer, el más alto que puede obtener un recién nacido en cuanto a estado de alerta y reflejos. Sin embargo, Suzi sentía que algo andaba mal. Su comprensión intuitiva nos mantenía a la expectativa.
Fue entonces, durante la cuarta semana de vida, que surgió repentinamente una infección grave en los oídos. Fuimos nuevamente a ver al médico, que nos receto antibióticos. Pero el llanto continuaba. Y continuaba. El médico aumentaba la medicación.
La infección empezó a desparramarse como lava, pasando de los oídos a la garganta. Una deshidratación aparentemente leve causada por los antibióticos, se transformo en un cuadro serio. Raun empezó a perder la chispa de la vida. Sus párpados estaban a media asta, sus movimientos se hicieron letárgicos Suzi perseguía al pediatra, describiéndole los síntomas de Raun y su estado. El médico quería esperar otro día, explicando que el estado de nuestro hijo podía ser una reacción normal al medicamento.
Pero Suzi quería que Raun fuese revisado inmediatamente, y ante su insistencia el médico accedió Como las visitas a domicilio ya no se hacían, tuvo que envolver a nuestro hijo en una frazada y llevarlo hasta el consultorio del médico. Corría apresuradamente por las calles, abriéndose paso en medio del tráfico y esquivándolo, mientras se daba cuenta de que si bien Raun respiraba normalmente, su piel parecía tornarse cada vez más pálida.
El médico estaba atónito y espantado. No había previsto que la deshidratación fuese tan grave. Raun se había deslizado detrás de sus párpados cerrados. Se preparo todo lo necesario para una internación inmediata de emergencia. Nuestro hijo fue destinado a una unidad pediátrica de terapia intensiva. Su nombre apareció en la lista crítica. Todo sucedió tan rápidamente; era como moverse a través de un borrón de sucesos incontrolables.
Nuestras visitas eran cortas y aisladas, como lo dictaban las reglas del hospital. Raun estaba encerrado dentro de un aislador plástico, escondido de nosotros, perdido en un mundo mecanizado de tubos y vidrio. Suzi y yo debíamos vestirnos con guardapolvos blancos y estériles, bañábamos nuestros rostros y manos con una solución de yodo como precaución esterilizadora.
Aunque se nos permitía entrar en su cubículo de vidrio, no se nos permitía tocar a nuestro hijo. Observábamos, sintiéndonos desamparados, como si hubiésemos sido arrojados del cuadro. Sabíamos que podíamos perderlo.
Alrededor de nosotros se veían niños de muy corta edad, conectados a cables y bombas que mantenían sus tenues líneas de vida. En el cubículo de al lado, una joven enfermera con guantes de goma, pasaba sus manos a través de aberturas especiales en el aislador. La pequeña niña que había dentro se movía continuamente mientras la joven trabajaba con gran precisión y premeditación ajustando todas las válvulas y los aparatos. De pronto, la enfermera detuvo su actividad como despertando de un sueño. Miró directamente al bebé y le sonrió. Entonces colocando su cara a pocos centímetros del aislador, comenzó a cantar mientras le acariciaba suavemente el estómago con sus manos recubiertas de goma. Los movimientos de la pequeña se hicieron menos erráticos. Sus pequeños dedos se aferraron a la mano de la enfermera. Las dos se rozaban formando un cuadro bellísimo en el cual estaba representado el cuidado, el acordarse de cuidar.
Esta escena nos levantó el ánimo en cuanto a Raun y a todos los otros niños dentro de la unidad. Cada día, al volver, nos daban un diagnóstico precavido. A pesar de que la infección de los oídos había sido seria, fue la alta dosis de medicación lo que había creado la crisis actual. Mi mente se doblegaba. Las mismas personas que habían causado la deshidratación estaban tratando de detenerla. ¿Cómo sabríamos nosotros lo que había que hacer? ¿Qué conclusiones podríamos sacar? Estábamos perdidos en una multitud de planillas, inyecciones y preguntas.
Pasaron varios días. Nos sentíamos como al borde de un abismo, aguantando. Con Suzi, tomábamos café temprano, sentados silenciosamente, evitando mirar hacia la cuna vacía. Pero nos sentíamos a punto de estallar por las emociones cuya intensidad quebraba la calma que siempre había parecido tan poderosa. Nos aferrábamos a Raun a través de conversaciones sobre él y compartiendo nuestra aguda sensibilidad y amor hacia él.
Pasábamos las tardes y las noches en el hospital. Al quinto día escuchamos el primer diagnóstico realmente optimista. Sobreviviría. Finalmente retenía lo que comía y su peso se había estabilizado. Pero, desgraciadamente, la infección había causado daños. Ambos tímpanos habían reventado a causa de la presión de los líquidos, lo que podía terminar en una posible pérdida o disminución del oído. Eso no nos abría importado. Si Raun estaba sordo o parcialmente sordo, encontraríamos la manera de bombeale la música del mundo dentro de su cabeza. Lo importante era que estaba vivo y luchando de nuevo.
Felizmente nos embarcamos en nuestro segundo comienzo al llegar a casa. Raun era un niño nuevo que ya no padecía dolores. Sonreía todo el tiempo. Libre de las dificultades características del primer mes, estaba encantado, alerta y simpático. Comía bien y amaba al mundo. Nos sentíamos vivos nuevamente, juntos otra vez. La pesadilla había dado a luz a una nueva mañana.
Mientras nos instalábamos, Suzi y yo nos con¬centramos en las chicas... queríamos ser receptivos a sus deseos y necesidades, a su competencia con esta nueva presencia en la casa. Bryn era bella, intensa y dramática. Una extrovertida tan verbal y articulada, que a menudo atravesaba el límite de lo profundo para entrar en lo aborrecible. Más una amiga y una compañera que una hija, para ella, Raun no era simplemente un hermano; este niño era su hijo. El reemplazaría las muñecas y las fantasías de la tarde.
Para Thea, las circunstancias eran diferentes. Artística y melancólica, impredecible y misteriosa, tenía ahora la prerrogativa de transformarse en la hija del medio.
Esta había sido la onerosa posición que yo había ocupado, incómodamente, en mi familia. No fue la primera en ser mimada ni tampoco en explorar nuevos territorios. Ya no era la más pequeña, destinada a ser un bebé para siempre y que generalmente recibe una fantástica cosecha de atención. Thea había sido destronada por Raun. Estábamos preocupados por el hecho de que pudiese sentirse desplazada, desalojada. A ella queríamos brindarle dosis especiales, extras, de cariño y de atención que fueran evidentes. Le daríamos más ahora para que pudiese seguir desarrollándose con su estilo tan particular e individual.
El primer año de la vida de Raun transcurrió increíblemente rápido. Era cada vez más hermoso. Sonriendo, riéndose y jugando como lo habían hecho las chicas. Hasta su oído parecía normal, escuchaba voces y giraba su cabeza hacia los varios sonidos. Excepto el no ofrecer sus brazos para ser alzado, Raun parecía normal y sano en todos los aspectos.
Cuando cumplió un año, comenzamos a notar una creciente insensibilidad auditiva. Reaccionaba cada vez menos a su nombre y a los sonidos en general. Era como si su oído estuviera disminuyendo progresivamente. Cada semana parecía distanciarse más y más. Sabíamos que existía la posibilidad de que tu¬viera deficiencia auditiva. Quizás había algo que pudiésemos hacer para ayudarlo, algo que pudiésemos dar. Le hicimos ver los oídos. Aunque era muy temprano para determinar precisamente alguna pérdida auditiva, el médico afirmó, que a pesar de la posibilidad de sordera, Raun estaba en «buen estado», y que su distracción temporal no era como para preocuparse. Insistió en que nuestro hijo superaría con la edad cualquier peculiaridad.
Durante los cuatro meses que siguieron, la su¬puesta o posible deficiencia auditiva de Raun, se combinó con su tendencia a mirar fijo y a ser pasivo. Nos pareció que prefería el juego solitario a la interacción con la familia. Cuando lo alzábamos, sus brazos colgaban de su cuerpo, como si estuvieran desconectados.
A menudo expresaba su disgusto o su incomodidad ante el contacto físico, empujando nuestras manos cuando tratábamos de abrazarlo o de mimarlo. Demostraba preferencia por la rutina, lo parecido, eligiendo siempre uno o dos objetos para jugar con ellos y dirigiéndose a un lugar determinado de la casa a sentarse solo.
Entonces aparecieron algunas inconsistencias obvias en cuanto a su capacidad auditiva. No oía un ruido agudo y fuerte cerca de él, pero estaba atento quizás, a un sonido más suave y distante. Después, otras veces, algún ruido al que no había reaccionado antes, atraía repentinamente su atención.
Hasta los sonidos que hacía y esa palabra o dos que imitaba, ya no formaban parte de su repertorio. En lugar de adquirir el idioma, se estaba poniendo mudo. Ni siquiera existía una forma de comunicación prelingüística hecha de señales y de gestos.
Lo llevamos nuevamente al hospital. Después de varias revisiones para probar la recepción auditiva, se nos dijo que Raun podía oír, pero que este comportamiento extraño en apariencia, distraído y obtuso, impedía hacer un diagnóstico acertado. En un momento dado, durante una de las pruebas, cuando los especialistas lo bombardeaban con una secuencia especial de tonos, no reaccionó en forma alguna. En realidad, al no haber respuesta de sus reflejos en los ojos o en los párpados, parecía que fuese sordo. 1 ero a los diez minutos, de todos modos, mientras estaba mirando una pared entre dos ejercicios, empezó a repetir las notas que había escuchado antes, en el tono exacto y en la misma secuencia en que habían sido tocadas. Ante el asombro general, nuestro hijo, cuya carencia era parecida a la de los niños sordos, podía oír, indudablemente. Pero la consistencia y la calidad de su recepción, y lo que estaba capacitado para hacer con lo que recibía auditivamente, estaban aun por verse.
Domingo a la tarde, mientras el sol destine el pasto en cálidos amarillos. Un padre y un hijo, solos en el parque. Un lienzo de Rembrandt, siglo veinte. Mi¬raba con nuevos ojos a un niño que, podía oír quizás perfectamente; de esto estaba convencido. Me dirigí hacia él, como lo hacía a menudo, de la misma forma en que uno se dirige a un compañero, hablándole directamente. « ¿Por qué?», le preguntaba. ¿Que era lo que le estaba sucediendo? ¿Y a nosotros? De algún modo, sabía que él podría comprender parte de mis
divagaciones... un pequeño gran hombre con sensibilidad profunda, gigantesca. Seguí hablando. Quería que él me ayudara a saber más sobre su especial forma de ser. Oídos, sordos... mudo. Aparentemente distraído. Y aun así, su falta de respuesta, ¿era verdaderamente la señal?
Siguió mirándome, mirando a través de mí. Sus ojos no parecían retener mi imagen, sino que me la devolvían. Le repetí la pregunta, pero era como preguntarle al viento. Y cada vez que miraba a mi hijo, me observaba por dentro. Buscaba una respuesta dentro de mí.
Y finalmente mis pensamientos comenzaron a fluir... a catalogar, al exponer al desnudo el conjunto de particularidades que era Raun Kahlil. El hamacarse en el columpio de su propia eternidad. La suave y apacible retirada a los perímetros externos de nuestro mundo. El girar sobre sí mismo y la mirada fija. Su gran agilidad y su fascinación hipnótica por los objetos inanimados. La sonrisa dirigida a sí mismo y el repetido movimiento de sus dedos hacia sus labios. El rechazo de la gente y su callada soledad. Cuando Raun se volvía hacia uno, lo hacía a través de uno, como si fuésemos transparentes.
Luego, la aguda certeza de que no utilizaba ningún idioma. No era sólo el hecho de que tardase en hablar, sino que no ofrecía comunicación alguna por medio de sonidos o de gestos, ninguna expresión de deseo, gustos o disgustos. Tenía casi un año y medio... Raun era una criatura nueva en tierra extraña.
De pie en el lugar de los juegos, meditaba y dejaba que mis ideas vagaran por mi mente. Las revisaba mientras deambulaba acercándome a una conclusión. Nuevamente observé a Raun; estaba tan lejos. El asiento del columpio y sus cadenas reemplazaban el plato que hacía girar tan a menudo. Era simplemente otro vehículo que facilitaba su viaje fascinante hacia un universo silenciosamente personal y solitario.
Lo llamé y escuché el eco de su valle. Reí y atrapé la fantasía de una sonrisa imaginada. Hablé nuevamente. Esta vez volvió sus ojos hacia mí y por un instante, casi imperceptible, nos comunicamos. En seguida se alejó nuevamente. El pelo rubio con bucles a lo Shirley Temple, enormes ojos marrones sombreados que devolvían mi imagen.
Una palabra aparecía como un cartel de neón en la superficie de mis pensamientos. Una denominación que era perturbadora, terrible y extraña. La atropellé, concentrando en ella el ojo de mi mente. Después retrocedí y traté de alejarla. Miré de nuevo a Raun. Su suavidad me dio fuerzas. Atraje la palabra, concentrándome aún mejor en ella. Bailaba en mi cabeza como un ave de rapiña que me invitara al último refugio. Y sin embargo, sería mi último refugio, mi visión privada, mi decisión de convertirlo en locura. La palabra se hizo innegable, y la pronuncié.
Autismo... autismo infantil. Una subcategoría de la esquizofrenia infantil... la categoría más irreversible de los profundamente alterados y psicóticos. ¿Podía el mundo destruir el sueño, limitando para siempre los horizontes de mi hijo y maldecirlo hacia una desviado rincón de nuestras vidas?
Sólo una hipótesis, pero que parecía correcta. Mientras seguía observando a mi hijo, toda la información vaga y distante de mi educación volvió a mí. Datos sueltos aparecían en la superficie. Elementos de un rompecabezas indefinido. Quizá mis recuerdos fuesen imperfectos y engañosos.
Saqué a Raun del columpio y lo senté detrás de mí en la bicicleta. Mientras pedaleaba hacia casa, tuve la intuición de que mi suposición era correcta.
Como un drogadicto buscando furioso su dosis, buscaba dentro de la cavidad de mi mente, deseando que hubiera una salida. Había una diferencia; el modelo no estaba completo. Raun estaba siempre feliz y tranquilo, aparentemente atrapado en el suave matiz de mil años de meditación. Esta serenidad lo colocaba fuera de la forma clásica de autismo, que generalmente se caracteriza por la infelicidad y hasta por el resentimiento.
Me sumergí en esta revelación durante el resto del día. La noche y el último baile. Suzi, Bryn y Thea representaban sus últimos coros del día, matizados por diez peticiones de «buenas noches», «cinco minutos más» y mucho saltar, arriba y abajo. Las sonrisas y los falsos suspiros. Cuatrocientos besos, cada uno calculado para comprar más tiempo, para atrasar lo inevitable: el viaje final de la noche hacia sus camas Las chicas manipulaban y serpenteaban mientras Suzi las engatusaba y las guiaba hacia las escaleras al tiempo que terminaba los últimos quehaceres del día. Era un ballet que se representaba todas las noches para mi deleite. Tres mujeres, con vida y animadas. Raun, hacia un lado, por sus propios medios, callado, en paz y aislado en su mundo.
Mientras esperaba que Suzi terminara, ensayé la palabra. La dije suave y calladamente a mí mismo. La pronuncié con autoridad y convicción. La puse como una pregunta. Sí, ésa sería la forma... sólo una pregunta.
Cuando volvió, Suzi se sentó frente a mí y me miro directamente, presintiendo algo. Era como si ya supiese que yo quería hablar y que mis palabras serian pesadas. La energía fluía de mi boca y deambulaba por territorios desconocidos. Finalmente la palabra «autismo» salió de entre mis labios. Suzi no pestañeo. Escuchó atentamente mi hipótesis. Sus claros ojos celestes se encendían con ganas de saber de comprender... de aprehender lo que fuera para que al menos pudiésemos adelantar desde allí. Su largo pelo rubio se rizaba suavemente a la altura de los hombros, mientras sus dedos recorrían lentamente su labio inferior y su frente se fruncía.
La luz bañaba intermitentemente, las líneas apenas marcadas de su rostro. Nos miramos a través de la bruma en nuestros ojos.
Sentados allí, en el living, estábamos en silencio mientras la palabra «autismo» se instalaba en el espacio y se desparramaba a nuestro alrededor. Tenía tanto poder, que yo sabía que Suzi necesitaba unos minutos para absorberla. Mientras esperaba, mis ojos viajaban de un objeto a otro... deteniéndose en la talla de madera que poseíamos y que representaba a un hombre de cuatrocientos años... después en «Angustia», una escultura hecha en ónix, a formón. Nuestra casa había sido siempre una colección de nosotros mismos.
El inodoro lo había pintado yo en honor del último cumpleaños de Suzi. El retrato que ella me había hecho en carboncillo, me lo había entregado mientras estaba en cama, en un hospital, recuperándose de un accidente que tuvo montando a caballo. Le sonreía al gran Murray, a quien había creado en el fin de semana, vendando una armadura. Es una figura blanca de tamaño natural, sentada en un restaurado sillón de peluquero de principios de siglo y que sostiene en sus manos un ejemplar de Las Hojas de Hierba de Walt Whitman. Siete figuras de bronce, de Yosemite, descansan en una mesa de vidrio. Un regalo que nos había hecho un amigo nuestro que vive en California, luchando con su versión abatida y dolorosa de la vida artística. La figura que yo había diseñado y formado partiendo de un antiguo símbolo de madera. Y los imponentes acrílicos de Suzi... formas e imágenes cincelados en un acrílico claro. Denso y transparente al mismo tiempo. Manifestaciones intensas y mistificadoras. Algunas fotografías originales, los sobrantes de mis afanes creativos en publicidad, decoraban las paredes. Apoyando mis pies sobre la mesa baja, recordé que hasta ella tenía su historia... había sido la tapa del tambucho de un barco que llevaba tropas a través del Atlántico durante la Segunda Guerra Mundial. Me encontraba sumergido en la riqueza de nuestras vidas. Los objetos eran como hitos importantes que mostraban dónde habíamos estado, qué hablamos hecho y cómo nos habíamos sentido Representaban una evolución de once años que a veces había sido vulnerable, impredecible. Esos primeros anos, con sus inconsistencias. Los últimos años, en los que nos habíamos unido. Ahora, cuando todo parecía casi perfecto, nos encontrábamos considerando lo imposible; lo que siempre le pasa a algún otro nunca a uno mismo. Estábamos frente a una realidad que podía durar toda una vida y transformarla en una tragedia.
Los ojos de Suzi, de color azul verdoso, habían estado fijos en algún punto indeterminado del espacio. El rostro radiante estaba enmarcado por el suave torrente del pelo. Su estilizada figura vestida con viejos jeans decorados con cuero y aplicaciones de genero hindú, y un jersey de mangas largas bordado con rosas y un paisaje art-déco. Estaba floreciente, profunda y sensual. Pero el contagioso modo en que reía mientras estaba sentada en el piso con las piernas cruzadas o el modo en que saltaba repentinamente y se poma a bailar algo increíble que tocaran por la radio, sugería una tendencia más joven, más infantil un suave perfume a jazmín y el resplandor de una adolescente explorando su femineidad. Aún ahora en este trance, su lujuria por vivir bailaba en la superficie. Se volvió hacia mí y suspiró largamente, hamacando la cabeza como para decir una y otra vez- «Sí ya sé. Ya sé».
Juntos, decidimos explorar e investigar el asunto Suzi siempre había creído que Raun podía oír y que le sucedía «algo más». Sacamos viejos libros de psicología con sus mensajes garabateados de otra época. Nos llevamos libros nuevos de la biblioteca. Finalmente, lo encontramos. Leo Kanner había individualizado el problema en 1943. Otros ampliaron el criterio inicial y una constelación de síntomas que anotamos.
El autismo es una dolencia que no está definida por un origen o una causa, sino por una serie de síntomas asociados o por un comportamiento.
Sus signos más frecuentes son: formas de actividad antisocial y aislada; preocupación hipnótica por el movimiento giratorio; el hamacarse, y la repetición de movimientos; ausencia de comunicación verbal, y a veces ninguna comunicación preverbal (gestual); el mirar como «a través» de la gente; fascinación por los objetos inanimados; ausencia de gestos que anticipen deseos de ser alzados o de que alguien se acerque; a menudo parecen sordos, poco demostrativos y estimulados por sí mismos, deseosos de rutina y esquivos al contacto físico.
Generalmente, sin ninguna razón especial, son niños físicamente atractivos. Treinta años atrás, ese hombre había descrito a nuestro hijo. Raun encajaba en todas las categorías con la excepción de ser auto-destructivo (golpearse la cabeza contra algo, etc.).
Suzi y yo nos miramos. Por un momento, buscamos el uno la reacción del otro. Consideramos nuestros temores, nuestro sentimiento de desesperación y la aparente enormidad de nuestro descubrimiento.
Trataríamos de solucionarlo. Velaríamos por que sucediese. Si Raun era autista, lo ayudaríamos. Lo amaríamos. Encontraríamos, con sus hermanas, el camino para lograrlo.
La literatura estaba en contra de nuestro optimismo. En los libros se hablaba acerca del niño no comunicativo que a menudo se desliza detrás del velo de su propia soledad y se torna inalcanzable. Bruno Bettelheim, en La Fortaleza Vacía, describe al autismo como un trauma y elabora los resultados pesimistas de su estudio. Una mayoría impresionante de estos niños fueron internados y aislados bajo custodia por el resto de sus vidas. Sus personalidades se desintegraron (o nunca se desarrollaron) y las unidades familiares y el medio se derrumbaron. Bettelheim escribió acerca de los pocos niños que había tratado, pero en definitiva casi todos demostraban una habilidad seriamente limitada para adaptarse y comunicarse. Su forma de ver el desastre incluía una acusación a los padres, pues estaba convencido que estos niños protestaban contra un medio frío y poco demostrativo.
Mucho de lo que decía era enjuiciamiento; su definición de todo comportamiento autístico, como síntomas y opiniones que supuestamente el niño se formaba con respecto a su medio ambiente. También notamos todas las inconsistencias y un promedio de éxito algo pobre en cuanto a estos niños... un éxito medido por una abstracta curva de normalidad. Debíamos permanecer abiertos; había demasiado para absorber y para aprender como para sacar conclusiones todavía. Queríamos mantenernos libres del temor al futuro, para que pudiésemos entender lo que estaba pasando, con nosotros y con nuestro hijo.
Suzi emprendió interminables conversaciones telefónicas con profesionales. Sus consejos eran generalmente abruptos y contradictorios. «Es muy chico», «Nunca los examinamos tan chicos», «Vaya allí; ,vaya allá», «Incurable», «Excelente, lo que queremos es tratarlos desde chicos», «Hágale una evaluación siquiátrica completa», «¡Encárenlo ya!», «Probalemente deba ser internado», «Necesitará un examen neurológico y un electroencefalograma», «Podría ser un tumor... un tumor cerebral», «Sabemos tan poco sobre el autismo», «Por el momento no hay mucho que hacer; tráiganlo nuevamente dentro de un año», «Desgraciadamente sabemos muy poco acerca de esta clase de niños».
Manteníamos charlas con médicos y hospitales dentro y fuera de la ciudad de Nueva York.
Averiguamos en un instituto en Filadelfia que se especializaba en niños autistas y con daño cerebral. También estaban las escuelas especialmente ambientadas, una en Brooklyn y una en el distrito de Nassau, ninguna de las cuales vería a nuestro hijo hasta que tuviera más edad, y aún entonces eso sería «quizás». Nos pusimos en contacto con un especialista dedicado al behaviorismo en California, con una universidad importante y con un fondo federal para estudiar e investigar el autismo. Investigamos la psico farmacología. Psicoanálisis. Behaviorismo. Terapia vitamínica. Análisis de nutrición. El factor SNC (sistema nervioso central). La teoría genética. Había muchas opiniones y no opiniones, muchas teorías sin asidero y suposiciones discutibles.
Mientras el alcance informativo de Suzi se extendía a través del país, yo me aislé para leer todo lo disponible sobre el tema. Examiné, en profundidad, los trabajos de Cari Delacato y sus conceptos sobre ejemplificación y deterioro sensorial. El creía que los niños autistas no eran psicóticos, como los describió Betelheim, sino que los define como con algún daño cerebral, con funciones perceptivas incompletas. Leyendo incesantemente, exploré los temas psicoanalíticos. Examiné cuidadosamente a I. Newton Kugelmass. Estudié los escritos y las investigaciones de Bernard Rimland, claro e incisivo, acerca de su concepto de función cognoscitiva deteriorada; la inhabilidad de estos niños para relacionar estímulos nuevos a datos anteriores que ellos recordasen. Estudié a Martín Kozloff y su tesis sobre condicionamiento operante. Me sumergí en la modificación de comportamiento, donde se ignora la causalidad y el significado, favoreciendo la reestructuración de las vidas de estos niños por medio de un complejo y exhaustivo sistema de recompensas y penitencias. ¿Se trataba de un ejercicio para convertirlos en robots humanos?
Consideré al doctor Ivaar Lovaas y su búsqueda de esperanza entre los desesperanzados. Había desarrollado un gran respeto por su investigación y su dedicación, pero me costaba aceptar algunas de sus premisas básicas. Volví a B. F. Skinner y hasta a Freud. La montaña de escritos era enorme y contradictoria. Observaciones, estadísticas, teorías y especulación. En la antigüedad, Raun podría haber sido considerado como bendito por la «dolencia divina». Tratamos de unificar todo, de extraer algún sentido del desorden de volúmenes y largas conversaciones telefónicas. Hacíamos lo posible por sintetizar todo en una dirección.
Decidimos hacerle hacer un examen completo. Tenía casi diecisiete meses. Necesitábamos zambullirnos en alguna parte, pero al menos ahora nos sentíamos más instruidos. Primero concertamos una entrevista para hacerle un análisis, en una institución importante, con una sección psiquiátrica bastante famosa. Confirmaron los serios problemas de desarrollo de nuestro hijo y sus extrañas pautas de comportamiento autista, pero no querían encasillarlo. Sostenían que, muy a menudo, catalogar a alguien era como una profecía que se cumplía por sí sola. Nos dije¬ron que si se diagnosticaba oficialmente el autismo, los informes de nuestro hijo podrían hacer que fuera excluido de ciertos programas y sistemas escolares, ya que muchos otros profesionales generalmente tratan a dichos niños como si tuvieran un potencial irremediablemente limitado. Vuelvan dentro de un año y lo veremos de nuevo. Estábamos desilusionados y hasta irritados. Queríamos ayuda y no un diagnóstico abstracto.
Otro sanatorio, dos exámenes completos mas, y entonces la palabra «autismo» fue pronunciada nuevamente. Hubo expresiones de sorpresa ante nuestra habilidad para detectar síntomas autistas en un niño de tan corta edad, ya que generalmente esos signos no se reconocen totalmente hasta que el niño cumple dos años y medio o tres; sin embargo, para nosotros, ese extraño e inusual comportamiento era tan notorio que no podríamos haber pasado por alto el hecho de que algo andaba terriblemente mal.
Los médicos se mostraban nuevamente solícitos y amables. Luego de la primera revisión nos dijeron que volviéramos después de nueve meses o un ano. ¿Por qué nueve meses? No porque no se pudiese trabajar con Raun, sino porque sus experiencias, aunque semejantes, no tenían que ver con niños de tan poca edad. Un niño con esos síntomas generalmente tiene tres o cuatro años cumplidos antes de proporcionársele ayuda profesional. Insistimos. ¿Podrían hacer una excepción? Queríamos ayuda. Ante nuestra insistencia una de las doctoras sugirió que llamáramos después del verano. Prometió ayudarnos entonces, pero eso era todo lo que podían hacer por nosotros en este momento.
Nuevamente, no recibimos ninguna ayuda concreta, pero nuestro diagnóstico se confirmó.
Aflojar. Luego de este loco esfuerzo, nos dijeron lo que ya sabíamos. Ahora ya no buscábamos más confirmaciones. Sugerir que cuanto antes se llega a estos niños, mejor, y luego rechazar al niño porque es demasiado pequeño, parecía cruel y contraproducente. ¿Estadísticas deprimentes o actitudes deprimentes?
¿Por qué tienen que apresurarse los médicos si creen que el autismo es irreversible e incurable?
Sentíamos que debíamos intervenir, y hacerlo en ese momento. Notábamos que cada día Raun se alejaba más de nosotros, se retraía, se tornaba más insensible al estímulo audiovisual. Más encapsulado. El también parecía confundido. No disponíamos de ayuda médica ni hospitalaria. El gesto benigno e inútil de señalar con el dedo interminablemente, era en los profesionales, sumamente cansador y destructivo. Luego de ponernos en contacto con la Sociedad Nacional para Niños Autistas y de hablar con padres de niños similares al nuestro, nos encontramos con que la mayoría de ellos había iniciado la búsqueda para obtener información y consejos, pero que habían recibido poca o ninguna ayuda. En muchos ca¬sos, aprendieron a aceptar las opiniones de los médicos con diferentes grados de desesperación y frustración.
Pero creíamos en Raun... en su paz, en su belleza, y en su felicidad.
Sabíamos que ahora todo dependía de nosotros y de él. Quizá siempre había sido así. Todas las confirmaciones de diagnóstico y los análisis podrían tener un significado estadístico para una sociedad hambrienta de números, pero no para un niño pequeño de ojos asombrados.
Si Raun podía ser ayudado, si este pequeño autista podía ser atraído a nuestro mundo, eso tendría que hacerse ahora y por intermedio de nosotros. Ahora, mientras tuviese poca edad. Ahora, mientras tuviésemos entusiasmo. Ahora, cuando todavía estaba feliz en su infantil mundo de juegos.
Si esperábamos, estábamos convencidos de que se transformaría en una triste estadística más. Sabíamos que debíamos actuar mientras las pautas de comportamiento de Raun fuesen nuevas y estuviesen poco afirmadas, mientras su dificultad para acercarse a su medio ambiente no le hubiese creado aún problemas emocionales graves, mientras su paz y su alegría fue¬sen puras, sin deterioro.
Contábamos con poco para hacer nuestro trabajo, sólo nuestro profundo deseo de alcanzar a Raun; de ayudarlo a que nos alcanzara. Los profesionales no ofrecían ninguna esperanza real ni ninguna ayuda, pero en nuestro amor por nuestro hijo y en su belleza habíamos encontrado una determinación para empeñarnos.
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por Bohemio el Dom Feb 07, 2010 6:18 pm
DOS
¿Dónde empezar? Decidimos empezar por nosotros mismos... con la evolución de nuestras propias creencias y sentimientos. Era como hacer un peregrinaje hacia atrás para luego poder avanzar. Buscar y tamizar a través de la nostalgia del pasado con la esperanza de cristalizar nuevamente el conocimiento.
Recordé cuando, a mediados de la década del sesenta, regresé de la universidad con un título de filosofía. Recordé los meses y los años en que flexionaba las membranas de mi mente. La infinidad de preguntas y las respuestas aproximadas. Después, el trabajo como egresado de psicología. Estaba perdido en un mundo en el que yo escuchaba, aceptando la confusión sin llegar a convencerme de que podía confiar en mí mismo y progresar a partir de mi propia información. Construí una barricada alrededor de mis sentimientos mientras ayudaba a atender a mi madre moribunda durante sus últimos años. Los viajes a Manhattan, para unas interminables sesiones de rayos de cobalto. Yo miraba dolorido mientras su mundo se desmoronaba. En ese momento no sabía hablarle de eso a mi madre, decirle que todo estaba por terminar.
Animábamos la vida con sonrisas cuando estaba en cama, charlas sobre temas triviales, y una fabricada actividad. Nunca le dije lo mucho que significaba para mí. Creábamos una conspiración de silencio; un gesto que considerábamos especialmente humano. Pero, en nuestra amabilidad, quizá la habíamos dejado sola con sus pensamientos y sus temores. Cuando llegó el fin, tuve sensaciones de rebeldía y de protesta contra el universo por arrastrarla a su seno, más allá de mi imaginación. Me gritaba a mí mismo a través de mi dolor por no estar con ella abiertamente, amándola mientras la envolvía el olor de la muerte.
Veintiuno... y las paredes se derrumbaron. Mis ojos ensombrecidos por una visión melancólica de la existencia. Siete años caminando trabajosamente hasta un solitario consultorio en Park Avenue para hablar ahogadamente con un psicoanalista freudiano en sesiones levemente infructuosas. Fueron años de angustia y de silencio, de libre asociación y de confusión.
Buscando viejos esqueletos de elefantes bajo las almohadas de mi inconsciente. Empujándome hacia alternativas y hacia una nueva libertad. Tratando de sacarme el peso de los hombros. Encontrando finalmente cierta tranquilidad y cierta claridad, pero dudosas y limitadas aún. Las ideas y el entendimiento parecían fluctuar día a día. Después de siete años, aún me sentía atrapado y bamboleante al final de mi cuerda.
Finalmente terminé esta versión analítica de terapia con su visión incompleta de la vida. Aún recuerdo el eco de un psicoanalista bien intencionado que decía a sus pacientes: «Siempre habrá momentos en que se sentirán ansiosos y asustados... pero ahora están mejor equipados para manejarlos, para enfrentarlos». Desilusión. Esto sonaba a compromiso intelectual y emocional. Dejarlo, apesadumbrado todavía... sabiendo que tenía que haber algo más; si solamente pudiese encontrarlo.
Mi primer sueño había sido ser escritor. Ir más allá de mis paredes con palabras y cambiar quizá solamente a una persona. Lograrlo. Una fantasía adolescente que había dejado de lado por una carrera de películas y publicidad. Mi segundo sueño fue diferente. Una promesa a mí mismo que se transformó en una segunda ocupación real y viable en el área de la psicoterapia y la educación. Alguna vez había considerado la carrera de psiquiatría, pero examinándola mejor, el modelo médico parecía obsoleto e inadecuado. Las escuelas para egresados estaban alborotadas y sobrecargadas de libros quebradizos y extrañas aproximaciones a la realidad. El murmullo dentro de mí ordenaba concentrarme en una perspectiva, buscar un camino y hallar el movimiento.
Suzi también participaba de estas exploraciones diversas ya que tuvieron lugar durante los primeros años de nuestro matrimonio. Una aventura conjunta hacia lo que parecía ser un abismo insondable. Experimentamos con hipnosis y el continuo exorcismo de ese segundo sueño. Después autohipnosis.
En cuanto a mí, había logrado la maestría de esa arma, que me permitía ponerme bajo hipnosis con sólo tocarme la frente con el índice. Hermoso, pero incompleto. No era una panacea, sino precisamente un masaje interno que me tranquilizaba.
Aun antes de Raun. Mi voracidad por respuestas era enorme. Leía ferozmente consumiendo innumerables libros y experimentando con nuevas teorías. Ideas y dogma. Freud. Jung. Adler. A Sullivan y a Horney. Siguiendo con Perls y las dramáticas confrontaciones de la Gestalt. Luego con Sartre y Kierkegaard. Ahondé en la simplicidad y el afecto de Carl Rogers. Derribé la trinidad de Eric Berne, seducido por los fascinantes, teatrales gritos de Janov. Cursos sobre dinámica de grupo y la experiencia de talleres de intercambios personales. Descubrí abruptamente a Skinner y lo dejé de lado casi del mismo modo, pero me tomé más tiempo con Maslow. Me sumergí en la calma sabiduría del Zen y luego del Yoga... buscando un asidero, antiguo o moderno, de la realidad.
Taoísmo. La enseñanza maravillosamente perceptiva de que «la vida no va hacia ningún lado, porque ya está aquí». Meditación. Confucio. «Saber lo que uno sabe y lo que uno no sabe es la característica del que sabe». De allí a la base filosófica de la acupuntura. Y vuelta a la inconsciencia colectiva de la humanidad y sus implicancias genéticas. Todos eran intentos emotivos impresionantes para extraerle algún sentido a la condición humana. Filosofía. Psicología, religión y misticismo. Esclarecedor, y sin embargo sabía que si continuaba, algo, algún día, se deslizaría hasta el centro, descifrándome las perplejidades. Aunque había adquirido mucho, elegí seguir con este peregrinaje puramente personal.
A pesar de que me estaba volviendo más cínico, arremetía. Hasta el día en que, sentado en el aula de una escuela ya desaparecida, escuché a un hombre que hablaba sobre algo llamado el Método Opcional. Era un hombre bajo, rechoncho, parecido a un monje, como el Hermano Tuck, tomando Coca-Cola y fumando un cigarrillo después de otro... concreto, incisivo y esclarecedor.
Mientras escuchaba, sentí que algo surgía en mí. Comprendía cosas que siempre habían estado allí, pero que nunca había enfocado correctamente. Mientras todo se cristalizaba rápidamente, me di cuenta de que mis sentimientos y mis necesidades resultaban de mis creencias y que esas creencias podían ser investigadas. Esta búsqueda, exponer y elegir creencias era el objetivo del Método Opcional, que nació de la Actitud de Opción: «Amar es ser feliz junto a otros». No era sólo una filosofía, sino una visión que se transformaría en una base para nuestro modo de vida y el fundamento desde el cual trataríamos de ayudar a Raun. Esta conciencia que se desarrollaba nos permitía ver a nuestro hijo y a nosotros mismos con gran claridad y libertad.
La elección era posible y el acto de elegir era crucial. Por primera vez, las viejas creencias como «yo no elijo mis sentimientos, éstos simplemente se apoderan de mí» y «soy una víctima de lo que me ocurrió en el pasado» y «no puedo remediarlo, soy así» podían cuestionarse.
Me di cuenta de que la personalidad podía ser considerada como una constelación de creencias. Entre cada suceso (así fuese real o imaginario, percibido o vivido, etc.) y la reacción que sobreviene (así sea pelea o huida, miedo o alegría, indiferencia) hay una creencia. Es la esencia de todos nuestros sentimientos y necesidades. Cambien la creencia y cambiarán el comportamiento además de los sentimientos. Tan precisamente simple y acertado que uno quedaba desarmado ante esas ideas.
Para el maestro de la Opción, no hay nada que juzgar... ni bueno ni malo. No hay diagnóstico. No va hacia objetivos específicos sino que permite que las preguntas surjan naturalmente de lo que el alumno declaró o respondió. Guiar a otros para que se ayuden a sí mismos a ver, a través de su infelicidad, las creencias subyacentes. Enfrentarnos con los sentimientos que tenemos y que no deseamos aparentemente, como la ansiedad, el temor, la furia, la frustración, la inseguridad, etc. Trabajar con la gente, permitiéndole tomar una dirección, aceptando sus símbolos verbales y sus opiniones privadas, es uno de los objetivos del Método.
Este tipo de indagación dentro de la dinámica humana, me reveló algo que muchos de nosotros tenemos en común: creemos que tenemos que ser infelices y que esto puede ser bueno o productivo. Nuestra cultura lo apoya. La infelicidad es señal de sensibilidad, el tatuaje del hombre que piensa. Está considerada por algunos como la única respuesta «razonable» y «humana» a nuestro mundo difícil y duro.
Podemos ver este mecanismo en acción continuamente; ser desgraciado y utilizar eso como medio para lidiar con nosotros mismos, con otras personas y otras actividades. Para poder dejar de fumar, debemos temer morir. Para motivarnos a comer menos y no ser obesos, sentimos pavor al rechazo. Nos volvemos ansiosos como para obligarnos a nosotros mismos a trabajar más y a lograr más. Tenemos dolores de cabeza para valemos de una razón y evitar hacer algo que no queremos hacer. Nos sentimos culpables, para castigarnos y asegurarnos de que no cometeremos los mismos errores en el futuro. Nos sentimos tristes cuando alguien a quien queremos está triste, para demostrarle cuánto nos importa su situación. Nos enojamos con nuestros compañeros de trabajo para hacer que se muevan más rápido.
Castigamos para prevenir. Detestamos la guerra para sentir vivo nuestro deseo por la paz. Tememos a la muerte para vivir.
Estas son algunas de las presiones que somos capaces de padecer para no perder de vista lo que queremos o para motivarnos a obtener más... todo esto de tal manera que estemos felices y realizados. Últimamente esta dinámica forma parte del sofisticado sistema interno con el cual funcionamos.
Recuerdo un incidente fascinante con Thea, cuando tenía unos tres años. Vino silenciosamente una tarde y nos pidió chocolate. Como no teníamos chocolate en casa y tendríamos que haber salido a comprarlo en un momento en que estábamos ocupados, le dijimos que no. Quizá, le sugerimos, podríamos comprárselo en algún otro momento. Pero para esta jovencita decidida y llena de recursos, nuestra respuesta no fue satisfactoria. De acuerdo con la fibra de su personalidad, insistió. Su pedido inicial, que era amable, se transformó en una serie de súplicas. A los quejidos se agregaban las muecas. Su cuerpo se puso tieso y sus movimientos frenéticos. Thea podría haber estado preparándose para algún desafío importante, una batalla.
Consciente de no haber obtenido lo que quería, Thea se esforzaba cada vez más para pedir el chocolate. Reforzaba sus exigencias con una compleja sucesión de argumentos. Le explicamos la situación nuevamente. Suzi le acarició el pelo y le dijo a la pequeña dínamo cuánto la queríamos. Por un momento, Thea se relajó y parecía satisfecha. Pero de pronto decidió pagar el tributo más alto y comenzó a llorar. Era asombroso ver el progreso de sus esfuerzos. Se había propuesto trabajar arduamente. Yo no quería que se sintiera infeliz, de modo que me senté a su lado, pasándole los dedos por la barriga y haciéndole cosquillas bajo los brazos. Comenzó a sonreír y se permitió largar una carcajada, al tiempo que retiraba mis manos. Entonces, como yo seguía haciéndole cosquillas, se fue al otro lado del cuarto, en señal de protesta. Por espacio de dos segundos, me miró a través de sus lágrimas y otra sonrisa atravesó las nubes de su «infelicidad». Sus ojos evitaban cuidadosamente los míos mientras se largaba a llorar nuevamente. Era como si dijera: «No me lo arruines, estoy tratando de obtener el chocolate haciéndoles creer que soy desdichada»
Las lágrimas corrían y dejaban de correr como si fueran una candía Podía reír con la misma facilidad con que lloraba. Thea creía que si paraba de llorar no obtendría lo que quería. El juego de la infelicidad era su arma. Mas tarde, ese día, Thea, Suzi y yo discutimos el episodio. Lo irónico fue que Thea era consciente de lo que estaba haciendo. Nos informó tranquilamente: «Saben, cuando lloraba y todo eso…estaba tratando de engañarlos para que me compran el chocolate».
Además de usar la infelicidad como un arma (como Jo hizo Thea), muchos tenemos tendencia a usarla como un indicador para medir el grado de nuestros deseos y de nuestro cariño. Cuanto más desdichados nos sentimos al no obtener lo que queremos, o cuando perdemos algo que queríamos, más pensamos que, en efecto, eso nos importaba. Recíprocamente, pareciera que si no nos sentimos desdichados al no obtener algo que deseábamos o al perder algo valioso para nosotros entonces quizá no lo queríamos tanto después de todo. Y mucho más temible es la idea de que si nos permitimos ser felices bajo cualquier o bajo toda circunstancia, podría ser, que de ahí en adelante no descaramos nada y no nos importase nadie Si estuviésemos totalmente conformes con nuestra situación no nos moveríamos hacia nuevas oportunidades También podemos temer el convertirnos en seres fríos, indiferentes e incapaces de sentir ni no fuésemos infelices en muchas situaciones.
Creo que mi mayor temor era pensar que si llegaba a sentirme perfectamente feliz, podía dejar de moverme. Pero al estar más contento conmigo mismo encontré que esto no era verdad, por el contrario. Era mas fácil desear más y tratar de lograr más, porque muchas veces, el sentirme bien ya no estaba en juego. Si obtenía lo que quería o no, igual podía sentirme bien. Y también, al permitirme libremente el querer más, me vi obteniendo más.
Lo que podíamos y lo que elegiríamos hacer con nuestro hijo Raun, estaría basado sobre nuestras creencias. Comprender la dinámica de esas creencias y digerir la belleza de ese estado de alerta, facilitaría nuestro consuelo y la buena voluntad de considerar claramente a nuestro hijo, de confiar en nuestras decisiones y seguir adelante con lo que queríamos. Cada creencia yace sobre una montaña de creencias. Y la infelicidad, que es la experiencia de cierto tipo de creencias, está basada sobre un sistema lógico de razonamiento. Esas razones o creencias están, por lo tanto, disponibles a la investigación. Descubrir el sistema de creencias. Allí está la posibilidad de subsanar el corto circuito de la infelicidad. Desconectar esos conceptos contraproducentes y la «Actitud» se desarrollará. Buda dijo cierta vez: «Eliminad el sufrimiento y tendréis felicidad». Es lo que queda luego de haber atravesado con esfuerzo la miseria, las incomodidades y los temores. Es lo que encontramos bajo los deshechos de los sentimientos negativos y las visiones inciertas.
Una puerta abierta estaba frente a mí... atrayéndome con su intriga. Más que un arma o una técnica para resolver problemas. El Método Opcional: filosófico, pero no sólo una filosofía; terapéutico, pero no solamente una terapia; educacional, pero no solamente una educación. Ganas de aceptar para poder ver. Querer para obtener. Devenir, para ser, simplemente.
Para crearse nuevamente si uno quisiera. Diferente y original. No sólo una dinámica bellísima y una investigación fluida de las actitudes contraproducentes y las creencias paralizantes, sino el comienzo de una nueva perspectiva. Ya no podía aceptar términos medios. Sabía que podía elegir lo que quería creer que yo era el móvil y el intérprete esencial
A diferencia de otras disciplinas (Freud, Gestalt, Behavionsmo, Primal, Entrenamiento Sensorial etc.), el Método Opcional no era una búsqueda dolo-rosa o divina donde sólo el terapeuta o el maestro conoce con segundad la respuesta correcta No era un tratamiento o un milagro, la Opción mantenía un respeto infinito hacia el alumno o el paciente. Ya no había que esperar en un consultorio a que otro nos diera las directivas... que otro nos hablara de nosotros mismos y nos juzgara. Supe que era una alegre búsqueda dentro de mí... descubrir, sacar a luz y crear nuevamente. Una aventura en la cual uno era el experto. Uno reelegía viejas creencias o creaba las nuevas Emancipador. Un paisaje virgen sobre el que caminaba y hallaba nuevas formas de estar conmigo mismo.
Cierta vez, un buen amigo me dijo que su primo había muerto. Le pregunté inmediatamente cómo había sido su relación con esa persona, ya que no era evidente. Fue como si le hubiera preguntado cómo debía sentirme. Si mi amigo me hubiese dicho que la relación era estrecha y muy valorada, podría haber llorado con el y compartido su dolor. Si la relación resultaba ser distante y desagradable, entonces podría haber reaccionado de otra manera. Busqué mi respuesta Podía elegir mi grado de felicidad, de infelicidad o de neutralidad, basándome sobre lo que yo considerara apropiado para la situación. Con ese tipo de conocimiento y con muchos otros, ahora podía explorar mis creencias y mis razones para la infelicidad en otras situaciones y decidir si las modificaría o las eliminaría como fundamento de mis sentimientos y mi comportamiento.
Me di cuenta de que ir al trabajo y ganar mi sustento no era algo «que debía» ni «que tenía» que hacer, sino algo que deseaba realmente. Comencé a ver por encima de las incomodidades y comprendí que convenciéndome de que el trabajo era un «deber», nunca me había permitido la libertad de gozarlo. Revisé todas mis opiniones acerca de la ansiedad y la tensión que creía necesarias para lograr el éxito. Trabajé con todas las «buenas razones» que creía tener para sentirme despojado... rechazando tantos conceptos contraproducentes acerca de la necesidad de ciertas cosas y de creerme infeliz al no conseguirlas. Una liberación considerada y estudiada.
Era como tener alas. Remontarse. Abrir puertas que jamás creí que existieran. Suzi y yo evolucionamos hacia una nueva manera de ser, eliminando mucho de la vieja infelicidad, investigando continuamente nuestras creencias y eligiendo otras. Tres años y medio diseñando nuevamente nuestras vidas, enseñando y aconsejando a otros. Comunicándonos. Expandiendo nuestras experiencias, privadas y grupales, mientras trabajábamos con otros alumnos y los supervisábamos. Construyendo bases más sólidas con los ladrillos y el mortero de una nueva actitud que crecía semana a semana. Estábamos vivos y plantando más semillas. Transmitiéndolo, sabíamos hacerlo.
Nos estábamos permitiendo gozar más y desear más. Suzi y yo encontramos una base para nuestra relación y nuestro matrimonio. Ya no hacíamos comentarios como: «Si me quisieras, harías esto o lo otro». Tomamos nuestra unión y la dejamos sin expectativas y condiciones elaboradas. Así eliminamos muchas desilusiones y conflictos, fuimos más con descendientes el uno con el otro, más tolerantes Y esto rebalsaba hacia Bryn y Thea. Al sentirnos más compenetrados en las creencias que les «vendíamos» diariamente, fuimos más tolerantes respecto a lo que querían y apreciamos más su individualidad. Estas actitudes constituían una base firme para nosotros y fueron el trampolín desde el cual desarrollamos nuestro acercamiento hacia Raun.
Todas las decisiones que tomamos, nuestros consuelos y nuestras dudas, las preocupaciones y confusiones, la búsqueda de Raun, comienzan aquí... con nuestras creencias.
¿Cuál era la pregunta para nosotros? ¿Había algo más que nuestras ganas de ser felices? Sí, lo habíamos llamado con otros nombres, bienestar, paz, popularidad, diversión, éxito, dinero, etc. Y también lo habíamos disfrazado con otras categorías y objetivos que considerábamos importantes.
El freudiano habría exigido adaptación. El partidario de la doctrina gestáltica, conocimiento y el estar en contacto. Los humanistas considerarían la actualización del ser. ¿Por qué? ¿Qué es lo que buscamos con tanto apuro y fascinación? ¿No es todo a causa de nuestras ganas de ser felices... de sentirnos bien con nosotros mismos y con quienes tenemos alrededor? ¿Y si queremos ir en esa dirección, para qué esperar? ¿Por qué no tenerlo ahora? Por nosotros, por Raun... ser felices ahora mientras continuaba la búsqueda de ideales y clarificábamos nuestros caminos. Por cierto, ¿no aumentaría nuestra eficacia hacia nuestro hijo y hacia lo que pretendíamos de él, el partir desde la felicidad, en lugar de hacerlo desde la ira, la culpa, el miedo o la ansiedad?
Nos dábamos cuenta de que al no estar confundidos o divididos por los miedos respecto a Raun, podríamos verlo más claramente... de una manera mejor para él, y más útil para nosotros.
He oído decir que no hay hombres estúpidos sobre la faz de la tierra, sólo hombres infelices. Que temen ver demasiado o muy poco. Temerosos de permitirse la libertad de desear y no conseguir. Preocupados por las opiniones de los otros o por sus propias recriminaciones. Todas estas consideraciones, antes de dar el mismo paso. Un hombre feliz, liberado de la ansiedad o el temor, puede permitirse absorber todo, de modo que cuando decide actuar, lo hace con la mayor información posible. Comprende que cuanto más conozca, mejor equipado estará. Puede permitirse el lujo de no preocuparse por su futuro... la libertad de estar en armonía consigo mismo, sea en el caso de ganar o en el de perder. La libertad de tener éxito. Fracasar y no perder esa armonía.
¿Parece demasiado fácil? Como algún ensueño inexplicable... la fantasía de un Mago de Oz actual. Y surgen algunos interrogantes: ¿Elegimos libremente nuestras creencias o éstas están moldeadas en el cemento de nuestra estructura genética? ¿Son comprensibles o misteriosas, perdidas en algún inconsciente desconocido? Nuestro hijo, ¿está condenado por una enfermedad irreversible o podría ser la fuente de nuevas inspiraciones? ¿Cuál es el origen de nuestros sentimientos? Nuestra visión particular de Raun, ¿es el resultado directo de una visión medico-psiquiátrica de la salud mental o el resultado de nuestros propios convencimientos y actitudes? ¿Aprendemos a sentirnos infelices, temerosos, ansiosos, enojados, etc., o hay un virus de infelicidad? ¿Podríamos ser perfectamente felices en cuanto a Raun, como lo es él, si eligiéramos serlo?
Un viernes a la tarde, Bryn volvió a casa luego de pasar el día en casa de una amiga. Quería hablar. Había escuchado una conversación entre la madre de su amiga y otra mujer. Estaba angustiada y confundida.
—Papá, ¿que quiso decir la mamá de Daña cuando habló de Raun como de una «tragedia»? —Levantó su mirada hacia mí con una dulzura inusual, con concentración. Aunque comprendía el significado de las palabras, no alcanzaba a comprender todas las sutilezas, las implicaciones. Pero seguramente había percibido el tono y la actitud de la conversación.
—Bryn, cuando alguien cree que lo que es o lo que le sucede es malo o terrible, lo llaman una tragedia. Es su forma de describir algo que si les sucediera a ellos, los haría sentir tristes y desdichados. Creo que como Raun es diferente y se comporta diferentemente a los otros niños, ellos pensaron que eso era malo. ¿Tú piensas que es malo o triste el hecho de que tu hermano sea diferente?
—Oh no, papá. Yo lo quiero. Me gustaría jugar con él como mis amigas juegan con sus hermanitos. Pero no importa. Es tan lindo y tan gracioso.
Las creencias y los temores de los otros habían creado una ola de comentarios acerca de este delicado niño y esto había llegado a oído de mis hijas. Susurros, frases con doble sentido. ¿Y qué pasaba con su visión de lo que podía ser una tragedia? ¿Era sólo una palabra para catalogar los sentimientos que tenían luego de juzgar una situación igualmente adversa? Quizás. Pero quizá fuese algo más que eso. Desgraciadamente, muchos de nosotros no somos conscientes de que estas creencias contienen afirmaciones tan poderosas que se transforman en profecías que se cumplen solas.
Quizás este ejemplo pueda ilustrar, simplificando bastante, cuan diversos pueden ser nuestros convencimientos acerca de un solo suceso y cómo afectan nuestras reacciones y sentimientos.
Una joven se encuentra de pie en los escalones de uno de los vagones del tren que la llevará a la universidad por primera vez. En el andén está su familia. Su padre está muy orgulloso y se siente contento de que su hija se haya transformado en una joven independiente que va a la universidad. Pero también sufre porque cree que se sentirá solo y la extrañará. La madre solloza y está agobiada con la sensación de pérdida y el paso del tiempo. La hermana menor está contenta y exaltada sabiendo que heredará el dormitorio de su hermana y será más considerada en la casa, simplemente por la ausencia. No experimenta ningún sentimiento al respecto. En relación con la misma experiencia, cada persona reacciona de acuerdo con sus creencias. El padre cree que la situación es buena y mala a la vez, la madre la juzga como mala y la hermana piensa que es buena, para ella. El extraño no juzga nada. No se encuentra comprometido y entonces no ofrece una creencia acerca de la situación; de este modo, no desarrolla ningún sentimiento en cuanto al suceso.
Lo que sentimos y lo que hacemos depende de nuestras creencias, que son elegidas libremente. Estamos aceptando y adoptando continuamente convencimientos de padres, amigos, maestros, revistas, televisión, gobiernos, religiones y de nuestra cultura. Ningún acto, suceso o persona es intrínsecamente bueno o malo... lo llamamos como queremos, lo definimos, lo queremos, lo odiamos, lo rechazamos y somos felices o infelices en cuanto a él de acuerdo con nuestras creencias. Y no hay ninguna diferencia entre un convencimiento que hemos adquirido durante la infancia y uno que hemos adoptado ayer. Mientras lo creamos realmente, con cierta continuidad, le damos poder en el momento presente.
Sin embargo, si mis creencias son aquellas que puedo elegir, si puedo ser el experto de mi propia dinámica, entonces puedo descubrir, sacar a luz y recrear lo que quiero. Puedo elegir viejas creencias, las de otras personas o crear nuevas.
Si somos infelices en cuanto a Raun, es porque tenemos las creencias o la opinión correspondientes. Quiere decir que creemos que un chico como Raun es malo para nosotros, para sí mismo y para los demás. Nuestra desdicha acerca de él o de cualquier otro niño que no reúna nuestras exigencias de comportamiento o de gracia, puede terminar en una acción punitiva o desaprobación de nuestra parte. En casos extremos, con un niño autista, se desarrolla una situación de corto circuito. Como el niño no actúa «normalmente», es recluido tras las paredes de frías instituciones. Su existencia se considera una carga. A menudo, estos niños eran considerados como la causa de infelicidad en otros. Muchas familias y padres se derrumban bajo la presión de su propia culpa y desesperación ante estas conclusiones. ¿No podríamos ser felices con Raun en este momento, sin tener ninguna respuesta, sin resolver ningún problema acerca de su comportamiento y de nuestra relación hacia él? ¿Por qué necesitamos que Raun actúe y se desempeñe de cierta forma antes de permitirnos sentirnos bien con él y con nosotros mismos? ¿Por qué debemos creer que algo debe cambiar favorablemente para poder estar contentos con nuestro hijo? ¿Por qué hacemos de la felicidad una recompensa, el premio que nos permitimos al lograr lo que deseamos o al hacer algo que creemos es bueno?
Yo no sugiero que la desdicha sea mala. Tampoco quiero decir que todos deberían o tendrían que ser felices o que a todos debería importarles el ser felices, pero para aquellos que queremos sentirnos bien, éstas son las preguntas.
Muchas de las incomodidades y de los sentimientos de culpa son una prolongación de nuestro sistema de creencias. La infelicidad es una reacción aceptable aunque no aplaudida, ante muchas situaciones a las que se considera malas para el individuo o para nuestras comunidades. Como dispositivo, es utilizado para motivar, para permanecer en contacto con los demás y para medir nuestros compromisos. Desgraciadamente, muchas veces esto termina por convertirse en un corto circuito que produce dolores, úlceras, presión sanguínea alta, enojo, violencia, divorcios y ansiedades. Estos resultados exceden la efectividad del mecanismo y nos exigen un tremendo sacrificio a todos.
Nuestro antídoto fue la Actitud. Creando más que un proceso, se había transformado en una parte integral de nuestro estilo de vida.
Aún estábamos en la fase inicial de reconocer nuestro dilema y de entendernos con Raun. Nuestra decisión de examinarnos se estaba desarrollando, pero aún era algo nuevo. Entrar en contacto... hacerlo significativo. Queríamos conmover a nuestro hijo y que él nos conociera.
Sentíamos que nuestra habilidad para percibir a Raun claramente y nuestra capacidad para crear un programa eficiente dependían del hecho de estar cómodos con nosotros y por ende con las situaciones de Raun. Suzi y yo. Horas interminables explorando uno con el otro nuestros miedos y nuestras ansiedades. Todo lo que estábamos experimentando. Despidiendo la bilis de la culpa. Desangrándonos verbal-mente. Rechazando el dolor... y aún así seguíamos tratando de aclarar nuestra visión, de movernos a través de la niebla de la desesperación.
Preguntas. Investigaciones. Conversaciones después de comer que se prolongaban en el dormitorio.
Yacíamos despiertos, hablando. Mirando a través de las puertas de vidrio hacia un pedazo de cielo. La luz de la luna se metía en el cuarto e iluminaba el cielo raso. Los claroscuros de una pintura al estilo Dalí que uno de nuestros amigos había dibujado y otro había pintado en el techo del dormitorio. Una perspectiva abstracta de formas geométricas con una enorme cuchara ubicada de modo que colgaba justo sobre mi cabeza. Llenándome los ojos con eso mientras mis oídos estaban empapados en nuestras exploraciones. ¿Y si lo internábamos? ¿La responsabilidad? ¿Qué sería de nuestros temores y desilusiones?
Las noches se fundían con los amaneceres. Los párpados caían sobre pupilas cansadas. Una sombra se instaló bajo nuestros ojos. Nos dormíamos, a la deriva, despertándonos para hablar por la mañana como si no hubiese habido interrupción.
Había una teoría psicoanalítica acerca del medio ambiente frío y hostil. Recordamos el primer año con Raun. Estuvimos con él. Lo quisimos. Nos lo decíamos mutuamente, en voz alta. Lo oíamos y sabíamos que era verdad. Éramos con él como con las chicas. Recordamos nuestras primeras reacciones a sus rechazos, que nunca interpretamos como alejamiento. Creíamos que desarrollaba una temprana independencia. Estábamos orgullosos de su empuje, anhelantes ante su fuerza. Quién sabía entonces que todo estaba comenzado... como arena escurriéndose entre nuestros dedos. Más que aceptar, no queríamos exigirlo, acorralarlo. Quizá durante los casi cuatro meses en que se había recluido en sí mismo, nosotros se lo habíamos permitido. ¿O habíamos contribuido a ello? Posiblemente, pero no parecía ser así.
Y el pediatra que dijo que lo superaría. Desconfiamos de esa afirmación tan simple, pero igualmente la aceptamos... y luego, esa demora antes de seguir adelante. Preguntábamos cosas, y no quedábamos satisfechos con las respuestas.
Suzi sentada en el pasto. Otra noche cálida. Contándome sus conversaciones íntimas con Dios. Embarazada de Raun había olvidado rogar para que fuese sano. Cuando esperaba a las chicas, ése había sido su único ruego. Esta vez había optado por otra prioridad... «Por favor, haz que sea un varón». Había dado por sentado que sería un niño sano. ¿Comportamiento supersticioso? Quizás. Pero importante en este momento, porque la fastidiaba, la perseguía... ¿Había dejado algo de lado, y sería ésa la causa de la falla? ¿Y era una falla realmente? Buscábamos mientras el rocío se instalaba en nuestra piel. Enfrentábamos las distintas ideas e inquietudes como a través de una red invisible hasta que lográbamos detenernos y contestar.
Pensaba en Raun, en su carita mirándome por entre los barrotes de la cuna. ¿Qué quedaba de nuestros intercambios? ¿De mi participación? Le había dado a cada uno de mis hijos la misma cantidad y calidad de tiempo cuando fueron pequeños. Quizá les podría haber dado más. Quizá yo habría podido llevar a cabo esa diferencia. Y sin embargo, después de investigar mis creencias más allá del miedo, me di cuenta de que mi ansiedad había nacido del siguiente pensamiento: que era más importante la cantidad de tiempo que uno pasaba con ellos que la calidad. Y como sabía que esto era erróneo, lo descarté y avancé desde allí. ¿Le habían dado los médicos una dosis excesiva de antibióticos durante el ataque debido a la infección de oídos? ¿Había causado esto algún daño cerebral? ¿Podía ser éste el resultado de la deshidratación grave durante la infancia? ¿Nos habíamos dejado estar al elegir un médico? ¿Fue una insensatez permitir esa medicación sin intervenir? ¿Habíamos aceptado la teoría de la deficiencia auditiva para mantener la verdad a una cierta distancia? Agotamos cada idea, trabajando cada una de ellas. Exhaustos.
Nos acicateábamos para decir lo que nos había parecido malo o negativo. Lo arrojábamos sobre la mesa. Si era una limpieza a fondo de nuestros sentimientos, había que llegar hasta el final. Fertilizar la desdicha. Mostrarlo todo. Enfrentarnos con todo para poder ser libres. Jugamos a ser el abogado del diablo... un encuentro con los fantasmas del temor. Al final: agotados pero más libres; rendidos, pero vivos, con el deseo. Era nuestro y podíamos transformarlo en una aventura.
El verano acababa de comenzar. El tiempo estaba pesado. Un gusto a verde y el olor a tierra fértil. Decidimos llevar a las chicas el fin de semana a Shelter Island, dejando atrás los proyectos que Suzi y yo teníamos para mi trabajo. Raun se quedó con Nancy... una joven de diecisiete años, que durante los últimos cinco había estado tan cerca de nosotros, que la considerábamos parte de la familia.
Queríamos compartirnos y compartir nuestros sentimientos con Bryn y Thea. Estar con ellas, ayudarlas a convivir con nosotros con Raun. Bryn había tratado de establecer contacto continuamente con su hermano. Aceptaba muchas veces su falta de interés... pero también se ponía cada vez más triste y se frustraba cuando él la rechazaba. Justo antes de ese fin de semana, se había puesto muy nerviosa después de otro rechazo más.
Discusiones de mesa redonda. Hasta Thea, que tenía sólo cinco años, era una colaboradora, una luchadora en nuestro pequeño grupo.
—Papá —dijo Bryn—. Quizá yo no le gusto a Raun; quizá hay algo en mí que le desagrada y él no quiere estar conmigo.
—De acuerdo —respondí— ¿Podrías imaginarte que Raun no te contestara porque no te oye? Suponte que sea sordo. ¿Te enojarías si no te mira cuando lo llamas?
—Por supuesto que no papá.
—Bien. No sabemos por qué tu hermano es como es. Muchos de los médicos que lo han visto, dicen que su comportamiento es autista... lo que nos dice, simplemente, que lo que hace Raun tiene un nombre. Quizá Raun no puede hacer nada por salir de donde está. Por alguna razón, le es muy difícil mirarnos o jugar con nosotros... realmente se porta lo mejor que puede. De modo que, cuando nosotros lo llamamos y no contesta, significa que no puede respondernos o que no sabe cómo hacerlo. No tiene nada que ver con ustedes.
Vi lágrimas en las mejillas de Bryn... no había rabia ni frustración en su expresión. Pero vi en ella que empezaba a comprender algo nuevo. Suzi la abrazó fuertemente, mientras yo le pasaba la mano por el pelo. Apreté la mano de Thea y sus ojos se humedecieron.
A la mañana siguiente tomamos sol en la arena. El agua rielaba bajo la luz del sol. Compartimos unos sándwiches de atún y unas Coca-Colas calientes, gozando de la compañía. Bryn y Thea, a las carcajadas, se animaron a tocar el mar con la punta de los dedos. A veces se volvían hacia nosotros y nos saludaban.
Thea no había discutido sus sentimientos. Sabíamos que su relación con Raun era menos problemática. Thea era la Gauguin de la familia y una adoradora de la privacidad. No tenía dificultad en comprender en Raun, su aparente gusto por la soledad. Si no tenía en cuenta sus ruegos, ella jugaba a su lado en el mismo cuarto. Quería estar junto a él, sin necesidad de que él participara.
Sin embargo, Suzi siguió indagando suavemente los pensamientos de Thea. Al cabo de muchos esfuerzos, dio su primera opinión. Thea notaba que Raun recibía cada vez mayor atención. Las pesas en la balanza parecían haber cambiado de lugar. Muestras de celos. Consideramos con ella las razones... ninguna tenía que ver con nuestro cuidado y nuestro amor hacia ella. Sonrió sin ganas. Eso era lo que estaba probando... buscaba una confirmación.
La última noche, pedimos una motocicleta prestada. Suzi y yo recorrimos el perímetro de esta pequeña isla curiosamente primitiva. Pensábamos en nuestros primeros años de matrimonio. Cuando en otra motocicleta recorríamos las montañas de Vermont, hacia Canadá. Comíamos al aire libre... el cordón de la acera era nuestra silla, la calle nuestra mesa. Ahorrábamos monedas cada semana para comprar cigarrillos mientras yo me dedicaba a interpretar el drama contemporáneo de un joven escritor en la lucha. Suzi nos mantenía a los dos.
El aire se convertía contra nuestras caras en un masaje cada vez más veloz. Suzi me rodeó con sus brazos. Incliné la motocicleta en una curva, balanceándome con el camino. Sentí que Suzi empezaba a llorar. Nos detuvimos a caminar por el borde del agua. Estaba calmándose. Unos rayos de luz, que resplandecían como diamantes en el agua, bailaban también en las lágrimas de Suzi.
El domingo a la noche volvimos a casa. Nos acomodamos a nuestro estilo de vida y pusimos manos a la obra. Recordábamos todas las anotaciones y los conceptos de diagnóstico. Revisamos todas las teorías y procedimientos enunciados. Escuchamos a todos los profesionales cuando se referían a la desesperanza y a un futuro limitado. Hasta nuestro médico de la familia bajó la mirada, sacudiendo su cabeza de un lado a otro, cuando se enteró del diagnóstico. Conocimos a otros padres cuyos niños tenían problemas similares. Escuchamos sus gritos y sus acusaciones... su angustia, su culpa y su búsqueda. Su resistencia para recibir alguna ayuda o consejos capacitados. Todas las creencias tradicionales, negativas... la visión del agotamiento y la desilusión. Rendirse. Los intentos desganados. Las trágicas, inevitables internaciones.
Le preguntamos al hombre de la Opción acerca de nuestro problema y hasta él nos sugirió que dejásemos tranquilo a Raun. No estábamos de acuerdo. No pensábamos que Raun tuviera el aparato receptor o las capacidades conceptuales para decidir si quería o no integrarse a nuestro mundo. Sabíamos que podíamos hacer algo más. ¿Por qué no podría haber un método de la Opción para llegar hasta niños como Raun y educarlos?
Solos Suzi y yo. Tratando de dilucidar. ¿Qué sabíamos de nuestro hijo? Distante y encapsulado... sí. Pero también era amable, suave y hermoso, feliz consigo mismo y con las fantasías de su universo. Callado y apacible con la capacidad de concentrarse increíblemente en algunos objetos. Raun era una flor, no una hierba. Un viaje, no una carga. Quizás un regalo, no una aflicción. Intervendríamos.
Decidimos que podríamos tener ilusiones diferentes y especiales en cuanto a Raun, pero que nuestro comportamiento hacia él no estaría condicionado a ellas. Ser felices y no sentenciosos... ése sería el punto de partida con Raun. Aunque ésta había sido nuestra actitud, el decirla y el afirmarla nos ayudaba a estar más atentos a esa especialidad que caracterizaría nuestras relaciones con nuestro hijo. Raun sería un viaje maravilloso y enriquecedor hacia nuestra propia humanidad. Caminaríamos juntos.
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Bohemio
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