En Barcelona
Antes de viajar a España, un lejano día,
guardé esta hoja en el pasaporte
cierto que la nostalgia me apresaría,
y el arrebato de mi país rasgó el norte,
al buscarla, harto ya de esta pena,
para escribirle a quien, siendo mi amor,
quedó tan lejos y me es ajena.
Sí, enfermo del dolor que lacera
y roto en miles de fragmentos,
la busco a mi lado y ya quisiera,
transformar deseos en lamentos.
Cuánto odié la blanca base,
era más que pena nueva,
por no cargar la frase,
que hacia mí la mueva.
Ha pasado tanto tiempo desde ese día
en el cual a cada minuto me decía:
Ahora es el momento de traerla a mi lado,
pero la incertidumbre me volvió frío, helado,
al pensar que conmigo jamás volverás,
y una conocida sensación de hacerme daño,
para alejar la navaja con la que vendrás,
me hizo ovillo tirado en el baño.
Y es que desde que estoy aquí,
parecen siglos y son tres años,
para hacerte el amor
me hace musitar tu nombre,
y a mí, de tan triste
y sin importar que sólo
el silencio me responde,
me abrasa un calor que agota;
es deseo cocinando la derrota.
Pues negra sangre humedece ilusiones concebidas para amarte,
mas es poca la que obedece, a la razón y penas para olvidarte,
No sé qué hacer con esta negra sangre
que es fuente de desventura,
ni cómo transformar en dulce brebaje,
el lodazal que mana de la amargura.
Quiero escribir,
mas la frustración enreda,
trenza palabras con miedo,
lo difícil que es reconocerse
silente y derrotado;
sin frases suficientes
para romper el pasado.
Incapaz de tornar en paloma
la hoja del otoño de mi vida,
la culpa burlándose asoma,
cual de entre pecho y ala herida.
Mis ojos desde ese día,
hueros de la carne que extraño,
se aferran a la hoja hecha sangría,
cual si fuera la costra de un araño.
Imposible habituar al corazón
a lo que ésta le dicta,
es un nombrar su nombre
que no alcanza ni para una sonrisa.
No basta ya el agotado recuerdo
para vaciar en él mi aflicción,
y sólo queda buscar el miedo
que me devuelva la razón.
Contemplo mis manos, cuencos de piel vacía,
palpitando con alas por el deseo inferidas.
Al tocar el papel
sentí en mi piel tu piel
y en mi boca tu boca,
y el recuerdo reventó
para empapar mi ropa.
La veo mudarse en mensaje,
es boleto de avión transformado,
para que esta pena sea triste pasaje,
que mañana la traerá a mi lado.
La puse con mucha delicadeza,
cual última cerveza del estadio,
en el buró y su pureza
se volvió mi calvario.
Cansado de tal tormento,
revolví ansioso en la maleta
para trocar en trozos sin aliento,
la ciega soledad cruenta,
y escondido tras su silencio,
entre pedazos del ayer
que han de servirme mañana,
encontré el perfume de mi amada.
Es la carta que me diste,
junto a una cruz y novenario
y un gesto recordado a diario,
cuando me despediste.
Cierto que del olor asoma
la más profunda memoria,
ansioso aspiro el viejo aroma
para asilarme en tu historia.
De haber sabido
que sería mi única compañía,
te habría suplicado
más del agua que escurría,
en obscura lágrima
que mojaba tu mejilla,
y hoy, mezclado amor y lástima,
la beso en esta cuartilla.
Por eso, lo que en mi mente dio inicio
esa noche de insomnio y desaliento,
esta madrugada tomó cuerpo
al escribir, con tinta granate
—De tan roja semeja negra sangre,
me dijo el dependiente ansioso de la venta,
y es ideal para una epístola de amor—,
la frase que traerá a quien tiene
parte de mi corazón.
(Un escondido pedazo,
más frío que un muerto,
en el sorprendido pecho
aletea por el reencuentro)
Y así fue que escribí,
fijándome hacerlo sobre la línea
que trasluce el delicado papel:
¡Cuánto te extraño!
Todo en mí te reclama
desde aquel día en que,
con absurda explicación,
te dije que para lograr reconocimiento me iría,
y no me importaron ni la pena del adiós,
ni el saber que te perdía.
¿Será por eso que la vida es obscuridad
que me niega alegría y esperanza?
¿Será por eso que no siento necesidad
de triunfo ni alabanza?
¿Será soledad con la que muero
aprisionando con tal saña?,
¿o será que sin ti no quiero,
un día más de amor vuelto cizaña?
Ansia sin fin por tenerte…
Miro al gato que una noche,
el abandono sobre el miedo,
empapado y hambriento
maullaba hacia mi encuentro,
y le pregunto si a mi lado vendrás.
Lo veo tranquilo
y pienso no es el mismo
que agazapado en una esquina,
con ojos azorados dijo:
Estoy padeciendo cruel castigo
y no puedo soportar más amargura.
Déjame pasar esta noche contigo,
pues la vida ha sido muy dura.
Lo cargué, sequé y le di mi cena y almohada,
y él me dio lo único que puede dar,
lo cual ningún humano iguala.
Bueno, mi mujer.
Pero está tan lejos
y mi corazón tan cerca
de la tristeza y sufrimiento,
que tengo que refugiarme
en el peludo vientre
para sentir el calor de un ser viviente.
Desde el alféizar de la ventana, lamiéndose con desgano,
me observa esperando su bocado
sin preocuparse en responder
lo que ya yo he contestado.
Pero hoy,
que duerme la bestia negra
de la incertidumbre,
por fin puedo escribir esta carta y,
¡hablar después de tanto silencio!,
qué bien me sienta.
¿Pero habré, también, de mentirle?
Decirle:
“La estoy pasando muy bien
y día a día al triunfo me acerco”.
No, me niego a eso.
Si he de hablarle será con verdad
que se agiganta en su presencia,
entre estas paredes que la parvedad
hace lo más real de mi existencia.
Escribir:
De haber imaginado lo que te extrañaría,
jamás te habría abandonado…
Una sarcástica voz exclama: No, no es cierto.
Tu deseo, y hacia allá te dirigía,
era hacer de la tristeza compañía.
Anzuelo donde la soledad germina
en creación que el dolor sublima.
Ha de ser por eso que estás allá, tan lejos,
y yo aquí, con un hueco enorme en el alma,
pero nunca tan cerca de ti.
De ti que con tu recuerdo me tornas flama
para volver esta ciudad de alegría y cantos,
transfigurado el alegre panorama,
en una Barcelona de dolor y llantos.
Mas ahora que te escribo
mis ojos brillan cual si estuvieran vivos
y pienso:
Ojalá verme pudiera, aquél que en la calle me evita.
Hoy, diferente del que medita, seguro la espalda no me diera.
Y me digo, más bien te escribo:
De no haber sido por la torpeza
de navegar en un mar equivocado,
aún te tendría y juntos miraríamos
las estrellas y los amaneceres,
la lluvia y el otoño,
los cantos y los rezos.
Mas ahora aquí, en Barcelona,
cuando la vocación me abandona
y hace interminables los minutos en la cama,
me arrastro por el barrio Gótico y la vía Layetana.
La música que brota de los bares
me repele hacia las sombras;
me escondo de cantos y risas,
pues lo mío son pesares.
Paseo por las Ramblas, mi querencia,
oculto entre árboles y fuente.
Envidia me da la indiferencia,
caminando entre la gente.
No quieren mirar la tristeza,
pues en verdad hermana.
Ni tienen ojos ni les interesa,
saber de donde mana.
Y en cualquier lugar y día,
sólo hay penas llegando desde abajo.
No hay para mí diversión ni trabajo,
ni nada que me traiga alegría.
Cuando entro a la cervecería trato de no hacer ruido,
y para pasar inadvertido me siento tras la sillería.
El mesero, el conocido que tengo,
huyendo del dolor que emano me tiende un bocadillo de serrano
y yo para una cerveza lo detengo.
Lo trago con largos sorbos de la caña,
con la cual, experta maña,
antes de que con trapo sean limpiadas,
frente a mí hago Audis y olimpiadas.
Mas tarde, casi al ocaso,
con una extraña sensación
me siento en el malecón
a mirar zarpar las golondrinas.
Y la envidia no es por bogar
ni por no poder ir a tu encuentro,
sino porque estoy solo y vacío, sin alas para volar a tu recuerdo.
Y con odio que hace odiarme,
patético engendro solitario
que me asquea a diario,
me lleno de burla al mirarme.
Ese ser no soy yo.
Fue otro el que no suplicó,
antes de perderse en la nada,
que estuvieras a su lado
para trocar la noche en alborada.
Ahora, en esta silla vieja,
agotado de tanto amarte,
sigo pensando en llamarte
pero el miedo aconseja:
No seas idiota,
si vivir quieres no te la juegues;
es tan pequeña la brasa
que te mantiene vivo,
que el simple vuelo de la carta,
sin abrirse en las manos
de quien a otro ama,
con silencio soplará
sobre escuálida flama.
Es cierto:
En sueños me he visto,
recargado en la pared
estrujando tu carta donde he leído:
Después de tanto esperarte te he arrancado del corazón;
tú estabas alejado de mi amor y él vivía para adorarme.
Y sé que no es ése quien termina por matarme.
Por cierto:
Si estoy muerto, helado,
sin importar que cuando llegues
del corazón sangre riegues,
¿vendrías a mi lado?
O si me volví un loco agresivo,
al comprender que el pasado
no alcanza para estar vivo,
¿te quedarías hasta verme curado?
No, que nadie te pregunte,
que el silencio quede callado.
Pues qué más puede pedirte
quien te ha abandonado.
Sólo morir con palabras
de amor en sus labios.
¿Pero de que qué sirven éstas,
si nunca trocarán resabios?
En verdad que todo acaba
como uno anhela,
y a mí, por no querer tenerte
y castigarme con tu ausencia,
lo que pedí a gritos
es lo que me condena.
Bueno, ¡ya!
En la soledad de este cuarto de hostal,
antes que de tanto pensarte
me quede dormido
arropado en tus encajes
(no puedo sentir mayor coraje
que imaginarme al despertar,
en medio de la nada,
bruñendo la esperanza),
esta carta destruiré.
Prefiero vivir entre lo posible,
a esperar algo para ti imposible.
Al jalar la cadena del inodoro,
viendo girar los pedazos,
en vorágine tragados,
tentado estoy a meter la mano.
A pesar del dolor que significa
perder la última ilusión,
sé que hago lo mejor:
Cuando pienses en mí que sea
como el que te abandonó
en lo sublime de la pasión,
y que nadie, nunca, te diga:
Ese maldito que odias,
ése que te dejó,
es el mismo que un mal día,
por tu amor murió.
Jesús Corona