Rutas que conducen al olvido

Norma Angélica tenía dos nombres, al igual que todos sus hermanos. Maldita tendencia de los padres a caer en cursilerías del tipo “le ponemos el nombre de tu mamá y el de la mía”. Del estúpido orgullo del “que se llame como el abuelo” ya ni hablamos, porque luego el chamaco acaba odiando al mundo por llamarse Artemio o Procopio
Lo peor es cuando los “cosmopolitas” progenitores han visto demasiada televisión y usan “los de moda”, como Brandon Raúl Pérez o Marlon David López y hasta Melanie Shecid García y barbaridades que suenan “bien acá, rifados”. Shiales. Lo bueno es que Thalía es un nombre que ya está fuera de las preferencias, aunque ahora sobran las Belindas. Bueno, pero el caso es que Norma Angélica tenía un nombre que sonaba a telenovela y a mí eso me importaba un bledo. Entonces yo iba en tercero de secundaria y babeaba por la chavita. Yo no sé qué carajos le vi, pero me encantaba. Ni era la más lista, como tampoco la más guapa. En una tardeada, como suelen suceder las “grandes” historias de amor a esa edad, bailamos, nos miramos a los ojos y podría mentir diciendo que un halo de luz se posó sobre nosotros o que sus ojos destellaron estrellas mientras me besaba. Ni madres, a esa edad te mueve la calentura. Acabamos escondidos atrás de un salón, fajando mientras sus amigas nos espiaban. A esa edad, Norma ya tenía las curvas necesarias para llamar la atención, pero a mí lo que más me encantaba era su aroma, porque siempre olía riquísimo, como recién salida del baño. Aún recuerdo el aroma fresco de su abundante cabellera. Ella fue mi primer-gran-amor, que luego se convertiría en la primera-gran-decepción. Siempre pasa. Andaba conmigo, la rolábamos en palomilla y acabó enamorándose de uno de mis amigos, el que tocaba la guitarra y sacaba prestado el coche de su padre. Unos meses después me cortó con el argumento de que su mamá le prohibió andar conmigo porque la distraía de la escuela y tenía que prepararse para el examen de la prepa. Por una amiga, de esas intrigosas que siempre sobran, me enteré que Norma ya era novia de Héctor. Y los odié a ambos. Y en cuanto pude me agarré a madrazos con el traidor. Luego tiré a la basura los regalitos que ella me había dado. Bueno, pero me quedé con los discos de Los Cadillacs, tampoco soy tan estúpido. Y supongo que ella también tiró todas mis cartas y los tontos muñecos de peluche que los cursis siempre obsequiábamos. La última carta me la devolvió y aún la conservo. Eran unas cuantas líneas llenas de amargura y lugares comunes, porque a esa edad uno es demasiado ingenuo o muy pendejo. Obvio, había frases como “nadie sabrá amarte como yo” o jaladas del tipo “ojalá valores los mejores momentos a mi lado”. Cuando no entendió de razones para seguir, sentí que mi vida no tenía sentido, luego siguió el coraje y le dije lo típico. “¡Eres una furcia!”. En realidad le dije otra palabra, pero si la pongo capaz que otra vez me la censuran. Yo no sé por qué recuerdo esas cosas. Bueno, sí lo sé. Siempre que terminas una relación, vuelve a tu mente, como si abrieras un archivo muerto, esa interminable lista de amores fallidos, ese recuento de rutas hacia el olvido.
-O-
Astrid sólo tiene un nombre. Nunca he sabido qué significa. Ni siquiera me preocupa el significado del mío. Mi madre me puso Roberto porque así se llamaba el abuelo. Y uno de mis tíos también heredó el mismo nombre. Así que yo soy algo así como Roberto tercero. Con lo que me importa. Mi tío tiene un trabajo en el que maneja algunos presupuestos y es medio transa, así que es un secreto a grandes voces que le dicen “Robarto”. Qué cagado. “Roberto” también se usa para definir cuando te ofrecen algo a precio de ganga, como los celulares en un tianguis: “Se me hace que es ‘Roberto’”, lo que significa que es robado. Pero me estoy escapando por la tangente. Será que me siento de la chingada porque Astrid ya no está conmigo. O tal vez estoy delirando y escribo pura pendejada. Y es que yo no me las curo con tequila, ni oyendo a José Alfredo ni a Sabina. Yo me las curo escribiendo, maldiciendo todo el tiempo, encerrado en mis silencios tratando de armar poesías. O deletreando la palabra olvido y martirizando a mis bestias internas, mientras me decido a mandar por Hotmail la despedida. “Y ahora te lo digo, es una declaración de principios: Cuando te canses del olvido, cuando comprendas que no puedes vivir sin mis suspiros, busca entre tus fotos y encontrarás la sonrisa de un tipo que supo amarte hasta el delirio. Y si no lo valoraste, si te cupieron dudas que conducen al hastío, entonces trágate hasta mi orgullo. Si te quise tanto y me refugié en tus besos, era para que supieras que nunca en tu vida volverás a sentirte a resguardo. Que mis caricias lejanas sean tu páramo, que mis besos extraviados te sepan a quebranto, que mis manos sabias hurguen en otros sexos mientras tú añoras mis dedos largos. Y la profundidad de mis deseos será proporcional a la vacuidad de tus recuerdos. Muérete de melancolía, que yo me ahogaré entre los senos de una chica que me hará sentir que estoy en armonía. Y si el espejo te devuelve una sonrisa amarga, de esas que se vuelven eternas compañeras, yo estaré esperando el tren que me llevará a otra quimera. Para ese entonces, solicitaré un pasaporte para ese sitio que me hace creer que soy un viajero que siempre pierde el equipaje en la frontera. Y el paisaje será una selva oscura e impostergable en la que conviven mis fuegos y otros incendios”. Posdata: “Eres una furcia”. Hay cosas que no han cambiado. Si pudiera cambiar algo, me pondría otro nombre. Max, creo que me gustaría llamarme Maximiliano.
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico








