Los tragos más amargos / Manual para canallas

Las Historias de Roberto G. Castañeda

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Los tragos más amargos / Manual para canallas

Notapor Demian el Jue Feb 05, 2009 9:25 pm


Los tragos más amargos


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Liliana es fanática de la Coca-Cola y las modas. Le mete al alcohol, pero le encantan las pastas. Casi siempre la encuentras en los bares del Centro Histérico, ligando con chavitos de 19 o 20 años, besándose con cualquier idiota que le invite algo de beber. A sus 27 años sigue pareciéndose a Galilea Montijo, aunque con un cuerpo menos espectacular. Es hermosa, pero desde que descubrió el éxtasis ha perdido poco a poco la cordura. A veces me la encuentro en algún antro, pero nada más la saludo y me alejo. De vez en vez llega hasta mi depto —es mi vecina— y me cuenta que acaba de conectar unas pastillas maravillosas, unas tachas, que no sé cuántas jaladas más, dice mientras me enseña unas pastas de colores. Le digo que un día de estos se le va aparecer el diablo por andarse metiendo tanta chingadera. Ella me llama “mojigato, espantado” y no sé qué más. Casi siempre toca en la madrugada, hasta el full, y me suplica que le haga un hueco en mi cama. Es difícil resistirse, pero ya me estoy cansando, porque generalmente amanezco con rasguños en la espalda. Aunque lo peor es que ella siempre está hablando de suicidarse, de que se siente mal, de que ni su ángel de la guarda le acompaña. Siempre llora, siempre llora... y ni modo de dejarla sola.


-O-


“Mañana será tarde si vienes a buscarme”, dicta un letrero escrito en la puerta de aquella recámara. Leticia está sola y mira una telenovela. La protagonista es hermosa y tiene la piel radiante. Aquí hay una mujer marchita que bebe vodka con jugo de naranja. En esta habitación huele a suspiros eternos, a deseos extinguidos, a días grises que se repiten, a besos extraviados. Su álbum familiar es una historia de rencores, de polvo que se ha escapado entre sus dedos: una foto de boda, una instantánea en la playa, dos rostros que se han borrado, una sonrisa junto a Mickey Mouse, un invierno que no acaba de alejarse, un niño que duerme su inocencia, un amor que quemó sus naves. La vida es una sucesión de ausencias, un recuento de olvidos. Una vez más, Leticia está borracha y siente náuseas. Llora, las lágrimas forman un río en su rostro cansado, siente escalofríos, recuerda cuando era joven y creía en el futuro. Hoy todo es pasado, todo está perdido. Le arde el corazón y no hay forma de remediarlo, lo intuye cuando apaga el televisor y el silencio se columpia desde el techo hasta el piso. El fuego del dolor es eterno. Cierra los ojos y los nervios encienden sus motores para llenarse de esa maldita tristeza que abofetea sus sentidos. Ya lo canta Andrés Calamaro: “Prendida a tu botella vacía,/ esa que antes,/ siempre tuvo gusto a nada”.


-O-


A Luisa le encantan los crucigramas. A la hora de la comida, en los tiempos muertos de la oficina, antes de acostarse, está tratando de encontrar el apócope de doctor, la capital de Yugoslavia, el sinónimo de existir. Siempre está tratando de resolver acertijos, como si eso le fuese a dar claridad a su vida, como si las ruinas que hay en su interior tuvieran posibilidad de ser reconstruidas. En una de esas, mientras se quita las lagañas de un sueño inconcluso, se da cuenta que sus ojos han perdido brillo, que su rostro ha cambiado, que su piel se ha opacado. Siempre está sola, pocas veces sonríe, generalmente está triste. Por las noches, cuando no puede hacer las paces con su insomnio, a veces llora, mira la oscuridad y se desespera mientras recuerda las caricias de Ricardo. No le duele que se haya ido, al menos no tanto como saber que le pidió el divorcio porque asumió que su homosexualidad era irrevocable, que aún se acostaba con algún amigo. Y ella que nunca lo sospechó, que nunca desconfió de sus viajes de varios días en el último año. Una vez más recuerda su bigote, su rostro tan varonil como falso, se siente como una tonta y las lágrimas trazan nuevas rutas de tristeza. Enciende un cigarrillo, mira el humo, se queda inmóvil, sentada en silencio, trata de encontrar respuestas a preguntas que aún no se ha formulado. Algo es cierto, reflexiona: sigo siendo la misma idiota que no sabe qué hacer con tanto tiempo vacío, con estos 31 años que no me han servido para nada. La desilusión no es más que una mujer bebiendo una caguama. Y en esa penumbra, los ojos de Luisa apenas son el reflejo de un dolor que nunca apagará sus llamas.



Roberto G. Castañeda
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