Mi madre era una mujer demasiado agobiada. Abandonada por el marido, debía lidiar con el dolor de saber que la habían cambiado por otra mujer. Y encima de eso, ella se sentía desesperada por mantener a cuatro chamacos. Yo era muy pequeño para comprender todo eso, pero no me gustaba escucharla sollozar. Mi padre era un imbécil, bueno, lo sigue siendo, pero eso no es justificación para abandonar a cuatro hijos por el resto de su vida. Así que además de imbécil, es un tipo que no vale la pena. Claro que lo extrañé, pese a que convivimos poco. Algún tiempo lo odié, pero al menos me enseñó algo: a no ser como él. Quizá yo no sea el mejor hermano, ni el padre ideal, o el hijo perfecto, pero al menos me doy tiempo para repartir uno que otro abrazo y tratar de no dañar a nadie. Mi madre fue demasiado ruda conmigo, tal vez porque yo era el mayor. Pero a fin de cuentas me encaminó por el mejor sendero: no seré un hombre de bien, pero el menos soy honesto conmigo mismo y trato de estar en equilibrio con lo que me rodea. Mi madre vendió quesadillas, cocinó para familias ricas, fue afanadora en el gobierno, hizo carrera como la mujer más fuerte del mundo y no descansó hasta que nos repartió las alas y nos mandó a enfrentar el mundo. Tal vez no he llegado muy lejos y siempre termino volviendo a mis orígenes, pero Alicia tiene el mérito de lograr que yo no fuera un cretino.
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Los demonios sembraron mi camino con algunas trampas, pero los dioses me mandaron ayuda en los momentos más apremiantes. Desde pequeño fui algo tímido, usaba gafas y mi peinado era espantoso. En la escuela me elegían al último para cualquier deporte, pero las maestras estaban encantadas porque siempre declamaba en los días festivos. Los libros fueron mi refugio, mientras Jaime se empeñaba en esconderme mi mochila y pegar chicles en mis cuadernos. A mí me gustaba Verónica, porque siempre olía a recién bañada y sus sandwiches parecían muy sabrosos. Pero a Vero le gustaba Max, que era el típico niño que nunca se despeinaba. Tampoco se acababa el mundo, yo podía sobrevivir con ello. Siempre he estado rodeado de mujeres fantásticas: como mi madre, como aquella maestra de español que descubrió mi vocación: tu serás maestro. Claro que la profe Cristina se equivocó, pero fui su favorito y sembró en mí la inquietud por los libros. Mientras mis compañeros leían el TV Notas de su jefa, yo me refinaba El Principito y otras historias que me hacían viajar sin necesidad de alucinógenos. También mi tía Marina puso lo suyo: de vez en cuando llegaba a sacarnos, a mis hermanos y a mí, de nuestra miseria. Ella me dejó la lección más importante de mi vida: tienes que escapar. ¿A dónde? Ni ella lo sabía. Pero sí estaba segura de que había que dejar atrás el sufrimiento, una vida de tristezas, y buscar un sitio más cálido en algún lado. Marina nos llevaba de excursión, jalaba con nosotros hasta el estadio Azteca, me inculcó la pasión por el Cruz Azul y también me mostró el museo Frida Kahlo. A mí Frida nunca me ha gustado, pero tenemos algo en común: nuestra mirada es una pésima actriz. Sí, la mirada siempre me ha delatado, nunca me deja mentir, es demasiado transparente y eso a mí siempre me incomoda.
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Algunas lectoras se quejan de que siempre escribo sobre mujeres insanas, incluso me tachan de misógino, pero qué le voy a hacer si siempre me involucro con las personas equivocadas. A mí no me gustan las chicas buenas, prefiero a las malas, a esas que llevan el deseo tatuado en el mejor sitio. Claro que conozco mujeres inteligentes, pero son feas, feas como mi prima Kenia, que siempre se pelea con el espejo y se emborracha para soportar que su marido la engaña, para olvidarse de su patética vida en las Lomas de algún suburbio lleno de clasemedieros que se sienten millonarios. Por supuesto que conozco mujeres que valen la pena, pero viven tan concentradas en ser mejores que se olvidan de sí mismas, se olvidan de bailar de vez en cuando o de besar como si estuvieran con el hombre de su vida. Yo comulgo con las pecadoras, con las tipas que se emborrachan y sus labios saben a fuego. Nunca he buscado un ama de casa perfecta. Prefiero una amante que haga el amor como si vendiera membresías en el infierno. Prefiero arder todo el tiempo, mirando el techo y sintiendo que el colchón se quemará por completo. Y luego decirle quedito al oído un te quiero, aunque sólo sea pasajero.
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico









