Las letras chiquitas

Aceptas un trabajo malpagado, tienes que usar corbata, levantarte a las cinco de la mañana, viajar dos horas entre bostezos, y todo para que llegue la quincena y maldigas tu pinche sueldito.
De qué chingados sirvió estudiar hasta la universidad, si nunca falta un imbécil que es ahijado del licenciado o sobrino del dueño y por lo mismo tiene un mejor puesto pese a que es una bestia. Entonces es cuando valoras aquella chamba en la que no te iba tan mal aunque siempre te quejaras. Lástima que hubo recorte y te mandaron a volar con un finiquito miserable. Al menos aquel trabajo quedaba cerca de tu casa. Ya ni pex. Te costó mucho volver a encontrar una vacante. Y tu novia te dejó y tu padre ya estaba hasta la madre. “Vaya, hasta que al fin vas a poder dar gasto”, respiró tu papá. Él qué sabe de las veces que tuviste que tragarte tu orgullo mientras te miraba con resentimiento cuando masticabas aquel bistec sentado a la mesa. Qué sabe de la infinidad de solicitudes que dejaste en lugares en los que ni siquiera te atendían los jefes de recursos inhumanos. Qué sabe de las entrevistas incómodas y las preguntas estúpidas. Demasiados trámites para un miserable empleo. Y tenías que mentir: sí, soy proactivo, tengo iniciativa, quiero este empleo porque me interesa empezar desde abajo, soy un hombre de retos, me veo muchos años comprometido con la empresa, y demás etcéteras. Y entonces viene el examen médico y luego la prueba psicométrica y las cartas de recomendación que siempre te pintan como “una persona de absoluta confianza”. Y después te ofrecen contrato temporal, porque estarás a prueba unos meses y “dependiendo de los resultados te podemos dar la planta”. Y firmas sin leer, con ese sentimiento que parece decir “creo que me están estafando”. Nunca serás tú el que gane. La casa nunca pierde. Si no lees los compromisos, mucho menos las cláusulas. Así que no sabes lo que dicen las letras chiquitas. Y tienes que aguantar que te traten como un miserable, porque tal vez por allí decía algo así como “deberá soportar la estupidez de sus superiores, el desdén de la secretaria que se acuesta con el jefe, el menosprecio de sus semejantes y hasta que lo traten como mensajero”. Y todo por un sueldo que apenas alcanza para no sentirte un pordiosero.
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“Ya puede besar a la novia”, dice el cura. Entonces, como en película chafa, el baboso aquel junta sus labios con los de su amada. Y todo mundo aplaude. Es ese momento “mágico” en el que todos están convencidos de que la felicidad es una foto con los padres del novio y la novia, con cara de “hemos hecho el mejor trato del mundo”. Son esos instantes en los que ya nadie se acuerda de que los muchachos, tan guapos ellos, se están casando porque la chamaca salió embarazada. Claro, ya pasaron las discusiones, la clásica frase de “eres la decepción de esta familia” o aquella otra de “te lo dije, escuincle pendejo, que te cuidaras”. Eso ya quedó atrás. Y cuando por fin las familias arreglaron sus “diferencias” y se pusieron de acuerdo en quién pagaría la bebida y quién la comida, los futuros esposos respiraron aliviados. Qué importa que ella tuviera que dejar la escuela a medias o que él no tuviera un empleo fijo. No, lo relevante es que al menos ella llevara el embarazo con dignidad, porque si no, “imagínate que dirán los vecinos”. Pero aquel contrato de amor, aquella unión ante la sociedad, tiene muchas cláusulas que no vienen escritas, que se dan por entendidas: el amor tiene fecha de caducidad, los celos anidarán en la almohada, la rutina se acumulará como pelusa bajo la cama. Y ella se pondrá gorda y él se fijará en otras. Y el se escapará con sus amigotes mientras ella cuida al chamaco. Y la suegra estará de metiche. Y el dinero no alcanzará y se maldecirán por todo y entonces llegará el día en que las ofensas se volverán golpes y será una historia de nunca acabar. No es por alarmar, pero el matrimonio es el peor contrato del mundo. Ya casi nadie respeta lo firmado. Nunca leen las letras chiquitas y luego se dicen engañados.
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico








