Víctimas de un dios bipolar

Vives encerrado en ti mismo. Y tus miedos se agazapan bajo la cama, siempre al acecho, esperando que duermas para poblar tus escasas horas de sueño. Duermes poco y vives menos. Comes mucho y te nutres de basura.
Tu madre adora las novelas, tu padre se fuga los domingos con el futbol. Cómo alimentarte de sabiduría si tu entorno es un recuento de lugares más corrientes que comunes. Detestas que tu padre eructe en la mesa o que tu jefa se la pase quejándose de que la vecina “es una naca chismosa”. Tu hermano mayor siempre llega con los ojos sospechosamente enrojecidos y odia que se metan en lo que no les importa. Pero tu papá siempre te está escudriñando: “nomás me entero que andas de pinche vago y verás”. Las canciones no sirven de consuelo cuando tu banda sonora ha estado poblada por esas espantosas canciones que suenan desde la mañana, mientras la señora de la casa lava los trastes y se lamenta porque “lo que me da tu padre es una miseria que no alcanza para nada”. Si por ella fuera te sacaba de la escuela y te mandaba a repartir pizzas en una motocicleta que tose más que tu abuelo. Tus cuadernos rebosan de páginas en blanco, apenas garabateadas con frases que todos prefieren ignorar: “mi infancia es un niño con un revolver, que puede ser una desgracia o un juguete” o esa que dicta “anoche yo te apunté con un dedo y los otros tres dedos me dispararon” y que no recuerdas de dónde la tomaste. En tu cuarto hay un póster de Zoé y una pared con más cicatrices que tu alma. Y la guitarra abandonada suena poco y quisieras un punto de fuga y te sientes más incompleto cada día. Y te duermes con la tele encendida y odias que tu hermano haga ruidos extraños cuando duerme. Para colmo de tus insomnios, a la una de la mañana sólo hay infomerciales patéticos para gente más patética que aspira a bajar dos o tres kilos sin el menor esfuerzo. Si al menos tuvieras cable te aburrirías viendo la basura de MTV o conciliarías el sueño con una película aburrida. La tristeza no es negocio. Y te sientes como un cancionero en el Metro. Y quisieras reír más y callar menos. Y hablarle a la chica que te gusta. Y que te quiera más de lo que tú te quieres. Y tomarse una foto en la que destelle su mirada como nunca brillara la tuya.
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Tu madre se la pasa amenazándote: “nomás sales con una babosada y te me vas a la fregada”. Nunca se preocupó por explicarte eso de las abejitas y las flores o aquello de “más vale un condón en la bolsa que un niño en la panza”. Con trabajos logra comunicarte que “tu hermana ya anda de caliente con un mugroso de la otra calle”. A ti la vida de tu carnala te importa lo mismo que los discursos falsos de un político descarado. Pero tu madre se empeña en recordarte que hubiera preferido tener hombres, para que “al menos no tuviera que preocuparme de que ustedes salgan con su domingo siete”. Y la miras con esos ojos que parecen destellar rencor, mientras su rostro se marchita de amargura cada día, cada hora, cada mañana y cada noche. Ya no es aquella mujer que te vestía como princesita y te tomaba fotos de cumpleaños. Cada vez se aleja menos y tú quisieras estar en otro lado. Y tú ya no eres una escuincla, te han crecido los senos y también el pesimismo. Mala cara frente al futuro, pésimo recuento de tus ansiedades. Tu autoestima es un espejo oxidado en el baño. Y envidias a tus amigas, creyendo que su vida es mejor que la tuya. Y sin embargo, naufragan en las mismas tempestades, sin brújula y sin mapa. En tu diario ya no caben lamentos, porque te sobra tinta pero te faltan argumentos. Sería bueno hacerle caso a Antonio Vega: “Busca un libro que diga ‘cómo’,/ luego otro que se titula ‘sí’, un tercero llamado ‘nada’./ Es la forma del círculo sin fin.” Odias tus días, detestas tus noches. Y usas tenis de estrellitas y jeans pegados que resaltan tus defectos. Odias tu cabello, no te gustan tus manos, te quieres cada vez menos. Y encima de todo tu padre no se cansa de machacarte con eso de que “eres igualita a tu madre cuando era joven”. La ves a ella y no puedes evitar sentirte miserable por tu destino. “¡Qué, eso qué”, reclamas indignada. Tu papá sólo se ríe. Y tú piensas, invariablemente, que es un idiota. Cuánta razón tenía quien invento eso de que “lamentablemente, a los amigos los puede elegir uno, pero la familia ya viene en paquete y no hay garantía por defectos”. Un dios mezquino te mandó al hogar equivocado. En definitiva, hay un dios bipolar que un día amaneció de malas y te jugó una mala pasada. O tal vez fue aquel diablo sarcástico que se ríe de tu infortunio. O a lo mejor eres adoptada. Pésimo consuelo para alguien que nunca tendrá alas, ni boleto de ida o pasaporte a una frontera sin rutas de regreso.
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico








