Catálogo de dudas / Manual para canallas

Las Historias de Roberto G. Castañeda

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Catálogo de dudas / Manual para canallas

Notapor Demian el Jue May 21, 2009 7:10 pm


Catálogo de dudas


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“¿Ya llegaste?”, pregunta tu novia de la manera más simple. “No, sólo me tomé la libertad de mandarte un holograma para avisarte que estoy de borracho con mis amigotes. Y en cinco segundos esta imagen se autodestruirá”, dices con voz mecánica. “No seas payaso”, te mira con frialdad, casi con odio.

¿Te mojaste, a poco está lloviendo?, dice tu hermana mientras mira por la ventana. “No, cómo crees, en realidad es la escena número 27, en la que una pipa riega abundante agua sobre la casa esperando que tomemos los paraguas y salgamos a bailar mientras cantamos una canción estúpida”, detallas en tanto que el agua escurre de tu cabeza.


-O-


“¿Por qué nunca quieres ir a comer a casa de mis papás?”, la cara de molestia es de tu chava. La observas de reojo, tentado a ser sincero y darle alguna de las tres razones más obvias:

a) Porque tu madre siempre me saluda con esa actitud que puede interpretarse como mi-hija-merece-alguien-mejor.

b) Porque tu padre se empeña en tratarme como a uno de sus empleados y me odia por la simple razón de que piensa que estoy pervirtiendo a su nena, sin imaginar siquiera que perdiste la virginidad mucho antes de conocerme y que estás a un grado de ser ninfómana.

c) Porque tu hermano no sólo es americanista sino que lo presume, y lo único que le falta es ser analfabeto para estar al mismo nivel que su ídolo Cuauhtémoc Blanco.

Sin embargo, te contienes y aduces una mentira piadosa: “porque los domingos son mejores cuando estoy a solas contigo”.


-O-


“¿Tú crees que Salinas se robó todo el dinero de la partida secreta?”, te pregunta tu compañero de oficina después de leer el periódico. “Démosle el beneficio de la duda, no creo que sea tan maquiavélico. Seguramente sólo se lo llevó prestado para jinetearse los intereses. Verás que un día lo iluminará Dios y él vendrá arrepentido a decir que ha creado la fundación Carlos Salinas de Gortari para becar a todos los ‘hermanos incómodos’ de México”, argumentas con desgano.

-O-


“¿No crees que me veo gorda con este vestido… y si mejor me pongo el negro?”, tu vieja lleva una hora arreglándose para la boda de su prima. “Mi reina, cómo crees. No puede verse gorda una mujer que se levanta todos los días a las siete de la mañana para sus rutinas de pilates, que se alimenta sanamente, evita las garnachas y toma dos litros de agua”, checas el reloj con notoria impaciencia. Ella te lanza una mirada asesina y recrimina ‘sabes perfectamente que yo no hago nada de eso, no seas payaso’, y se aleja del espejo. Carajo, estamos perdiendo horas-trago-hombre. Y ella que se arregla como si estuviéramos invitados a una cena de gala con el principado de Villas de Aragón.

-O-


“¿Cómo ves eso de la influenza?”, inquiere tu tío, al que no has visto en mucho tiempo. “Vaya, un tema nuevo en la agenda”, haces cara de ya-estoy-hasta-la-madre y sueltas con desgano “creo que es un caso para Mulder y Scully, porque México ya tiene un archivero lleno en los Expedientes Secretos”. En cuanto ves la oportunidad te deshaces de él: “voy a saludar a la abuela”.

-O-


¿Pero por qué te reprobaste?, pregunta tu madre. Mantienes la calma y aclaras: “Es muy simple, soy un genio de las matemáticas, pero quise saber qué se sentía estar del lado de los más burros. Además, me gusta tanto la maestra que decidí quedarme otro semestre en su clase nomás para mirarle las piernas cuando usa falda”.

-O-


“¿Te duele?”, se te queda viendo el dentista. Tú sólo cierras los ojos porque es obvio que no puedes hablar. El pinche profesional de la tortura sabe perfectamente que taladrar tu muela no algo precisamente encantador. El muy sádico todavía aclara “vas a tener que aguantarte un poquito porque no puedo ponerte más anestesia”, así que prosigue. Este cabrón debe morir, empiezas a pensar tonterías. Ay wey, me cae que el carnicero de la esquina es más sentimental frente a una res abierta en canal. Después de media hora un ligero rasgo de piedad asoma en sus ojos. “Listo, por hoy es todo lo que podemos hacer”, te da un vasito y pide que te enjuagues. “Un par de citas más y tu muela quedará como nueva”, amenaza con más torturas. “¿Cuánto me vas a dejar?”, es la mejor parte para él. Adiós a tu billete de 200 pesos. Vale madres, y encima de todo tienes que pagar para que te provoquen dolor. Total no es la primera ni la última vez. Bueno, al menos este tipo te advirtió que no era barato. En cambio hay mujeres que te sacan más varo, nomás en una salida al cine y a cenar cualquier cosa. Y luego se largan sin importar que te sientas peor que un maniquí incompleto.


Roberto G. Castañeda

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