Esqueletos en el traspatio

Mayra lloró conmigo. Yo me quedé sentado. Lloraba con ganas de que aquello no hubiera pasado. Por jugar al futbol, dejé mi mochila junto a la portería. Entonces llegó Jaime y la pateó como si fuera el goleador de un equipo de Primera.
Le dije que no hiciera eso. Se burló de mí y la volvió a patear. “¿Qué, me vas a acusar con tu mami?”, me retó. Me le fui a los golpes, aunque yo era tan hábil como una bailarina de ballet en un tatami. Sin gran esfuerzo, El chiraspelas, porque así le decían a Jaime, me tiró al suelo, me echó tierra en la cara y luego me escupió. A nuestro alrededor casi todos se burlaban. Hasta que uno de tercero le dijo a Jaime que ya me dejara. Me soltó y se fue a seguir jugando. Yo iba en primero de secundaria y lamenté no haber tomado clases de karate o algo parecido que me evitara las vergüenzas. Mayra se acercó y me preguntó que si estaba bien. Sólo asentí con la cabeza. Entonces recordé que mis lentes estaban en la mochila y en fracciones de segundo rogué para que siguieran intactos. Pero mis plegarias no fueron atendidas. Finalmente los dioses siempre están más ocupados en otras cosas. Mis lentes de aumento estaban partidos a la mitad y con un cristal en pedazos. Me solté a llorar como un crío. Mayra se sentó junto a mí y trató de consolarme. “Es que mi jefa me va a matar”, sollocé. “Vamos a ver si podemos arreglarlos”, sugirió Mayra, que iba en mi salón y además era mi vecina. Ella sabía bien que mi madre no se andaba con medias tintas. No es que mi madre fuera malvada, no, sólo que trabajaba demasiado para mantener a cuatro hijos y siempre andaba estresada. A veces se enfadaba porque rompíamos el pantalón de la escuela o porque alguien se quejaba de que ensuciábamos la ropa tendida. Mayra y yo sabíamos que las gafas no tenían arreglo. Sólo era una falsa esperanza. “Mi jefa me va a matar”, yo repetía como un mantra. A los 12 años se te viene encima el mundo por cualquier cosa. Mayra me caía bien porque me dejaba copiar en los exámenes de matemáticas y yo le enseñaba a dibujar. “¡Son novios, son novios!”, se burlaban otras compañeras, pero ella y yo aún no estábamos para esas cosas. “Te busca tu novia”, me decía mi hermana cuando Mayra iba a mi casa. Y peleábamos como todos los chamacos. Ese día las horas se fueron más rápido que de costumbre. Mi madre llegó y me dijo que hiciera la tarea. “Ya la hice”, traté de evadirla. “Aver-aver”, me jaló, “¿por qué no traes puestos los lentes?”. Las madres tienen un sexto sentido infalible. “Es que no los encuentro”, el miedo era más que evidente. “¿Cómo que no los encuentras?”, mi jefa sabía que eran mis compañeros inseparables. “¿Dónde chingados están esos lentes?”, yo sabía lo que se avecinaba. “De seguro los perdió”, mi hermana avivó la tensión. Mi madre me jaloneó. No me costó trabajo soltar el llanto. En cuanto le dije que los había roto me jaló del cabello, luego tomó el palo de la escoba y me recetó algunos verdugones en las piernas. “Ya no, mamita, ya no me pegues”, ella no estaba para entender razones: “Escuincle pendejo, a poco crees que cago dinero”, me reclamó. Fueron los diez minutos más largos de la semana. Las madres siempre encuentran la manera de hacerlo a uno sentir más miserable. Es verdad, el dinero escaseaba y mi padre ni por enterado, porque el muy desdichado nos olvidó por completo. Y yo llevaba varias gafas arruinadas. Hasta parecía que me empeñaba en perderlas o en romperlas, pero cuando eres niño sólo quieres ser eso: alguien que corre, que juega, que tiene cosas más importantes que hacer que preocuparse por cuidar los lentes. Mi infancia fue un infierno, bueno, tanto como lo puede ser para un chaval tímido, que no era bueno para gran cosa y que encima tenía que soportar las burlas por ser el eterno “cuatro ojos”. Y mi madre no ayudaba mucho para alimentar mi autoestima. Aunque, como diría el poeta Roque Dalton, “no, no siempre fui tan feo”.
-O-
Fui a visitar a un amigo convaleciente. Lo asaltaron al regresar a su casa, después del trabajo, y le dieron un balazo en el abdomen. Está fuera de peligro, “pero desgraciadamente este barrio ha cambiado”, me comentó con evidente desánimo. “Demasiada gente que ya no conoces y mucha droga por todos lados”, prosiguió. Y sí, la colonia ha cambiado. Hay un Soriana donde hubo un llano. Sobran casas de interés social y faltan canchas de futbol. La escuela en que estudié sigue igualita, pero ya derribaron la vecindad en la que crecí. Hubiera preferido no regresar nunca. Mis recuerdos se han amotinado. No puedo evitar la congoja, porque me agobia el niño que fui y que he tratado de dejar jugando en el traspatio de mi indiferencia. Demasiados esqueletos sepultados en el pasado. Pero un buen día escarbas un poco y te atosigan los fragmentos. Los gusanos han hecho bien su labor, aunque siempre quedan huellas. Reniego de mi infancia. Nunca fui bueno para algo. Regular en la escuela, pésimo para hacer amigos y un peor hijo; medio maleta para el fucho y mal fario. He tratado de reconstruirme, de olvidar lo que fui, pero siempre pasa que te sientes incompleto. Soy la suma de mis defectos, una ecuación imperfecta, mi lado obtuso choca con mi ángulo obseso. Te lo dije, siempre estuve negado para las matemáticas. Quise ser ingeniero y me quedé a medias. Pretendí ser arquitecto y sólo construí un futuro en sueños. No me arrepiento de nada, pero me sobran lamentos. A veces es mejor quedarse en silencio, mirando al techo un rato y esperando que tus rutinas se larguen una mañana y cierren la puerta. También soy pésimo para llorar, porque nunca me alcanzan las lágrimas.
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico








