Veneno en la piel

Juntaron siete firmas para correrme. Mi vecina y su esposo son tan patéticos que en una junta de condóminos se quejaron de mis “excesos”. El administrador los exhortó a mantener la calma y sugirió que juntaran las firmas suficientes para someter el tema a discusión
Así que siete mugres firmitas no sirvieron para gran cosa. La principal queja es que “hace un escándalo pornográfico” en un sitio donde vive “mucha gente decente”. Y también me acusaron de fumar mucho y “el pasillo apesta a puro cigarro”. Una vez la vecina fue a tocar a mi puerta y me dijo que el humo llegaba hasta su casa, que al menos ventilara un poco. “Señora, con todo el respeto que me merece, dentro de mi casa puedo encender hasta el colchón si se me da la gana”, argumenté. Me miró con el rencor de las mujeres insatisfechas. “Y si inaugurara una hoguera en mi recámara, le juro que usted no ‘prendería’ mi entusiasmo”, añadí. La mujer, que no está nada fea y hasta podría gustarme desnuda, hizo una mueca de asco: “¡Eres un pelado!”, se dio la vuelta, se metió a su casa y dio un portazo. “Ya ves, qué llevada, ya me estás tuteando”, reí tontamente. Intuí lo que seguía: se quejará con el marido, éste seguro reaccionará indignado y vendrá a decir tres pinches babosadas y cien groserías. Encendí otro Marlboro, me serví un trago y repetí esa canción que me gustaba tanto: “Dicen que tienes veneno en la piel/ y es que estás hecha de plástico fino./ Dicen que tienes un tacto divino/ y quien te toca se queda con él./ Y si esta noche quieres ir a bailar/ vete poniendo el disfraz de pecadora,/ pero tendrás que estar lista en media hora/ por que si no yo no te paso a buscar”.
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Lo dicho: un par de horas después llegó a mi puerta el sujeto: “Mira cabroncito, más vale que le bajes de huevos porque yo sí…”. No lo dejé terminar. Lo jalé hacia dentro y lo inmovilicé por el cuello. “Escúchame bien, hijo de puta, cuando vayas a amenazar a alguien asegúrate de llevar unas botas como estas”, miré hacia abajo y le pisé el pie derecho que apenas estaba cubierto con una sandalia, “porque son muy buenas para triturar huesos”. El dolor se reflejaba en su rostro. “Y cuando irrumpas en casa de alguien, como tú lo estás haciendo, corres el riesgo de que te acuchillen confundiéndote con un pinche ratero. Así que evítame la molestia de tener que soportar el llanto de tu viuda, a la que por cierto le ha de sentar bien el color negro”, creo que fui bastante claro. Podía oler su miedo. Antes de soltarlo fui todavía más certero: “Espero que quede muy claro que yo no me ando con pendejadas, que tu pinche vida y la mía juntas me valen absolutamente madres”. Todavía esbocé una de esas sonrisas maquiavélicas que suelen confundir con signos de locura. No he vuelto a ver al tipo, sé que me rehúye y también estoy seguro de que no le comentó nada a su vieja sobre nuestra productiva charla. Como sea, siempre me cuido la espalda. Es un tipo sin carácter, lo sé, y trabaja 12 horas al día y va cada domingo a casa de su suegra con tal de tener contenta a su mujer, pero nunca hay que confiarse de alguien que se sabe humillado. Uno nunca sabe si se cansara del mal sexo con su esposa o si explotará porque su jefe lo ningunea. Cualquier pequeña tragedia puede detonar la desesperación y llevar a un hombre a darse un tiro o, en el peor de los casos, a acribillar a sus vecinos o a sus compañeros de trabajo.
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El odio de mis vecinos no es gratuito, de eso estoy convencido. Soy puntual en mis pagos, saco la basura en horas decentes, saludo a todos con mi mejor sonrisa, le doy propina al de la pizza. Pero no pudo evitar que Jocelyn sea tan escandalosa. Sí, sí, ya sé que no es cómodo que te despierten en la madrugada los gritos de placer de una mujer. “Los vecinos me van a odiar”, reflexioné la primera vez que Jocelyn se quedó en mi casa. Y cada que viene, que tampoco es tan seguido, se repite la escena. Por eso las quejas de que hago un “escándalo pornográfico” frente a tanta “gente decente”. Mi único argumento suena de lo más lógico: “Es lo malo de estos departamentitos de interés social, que escuchas hasta cuando tu vecino se echa un pedo en la madrugada”. El casero se rió con mis pretextos. “Nada más le pido un favor, joven, al menos ponga un poco de música para que piensen que es una película”. Este señor me cae bien porque hasta las tonterías le salen graciosas. Estreché su mano y cerramos el trato: un año más en este sitio rodeado de serpientes y escaleras. Así que el viernes celebraré con una fiesta en casa: unos cuantos amigos y unas chicas sin prejuicios, nomás para que mi vecina se muera de envidia. O para ver si se anima de una vez a cruzar la frontera de sus rutinas de telenovela. Creo que desnuda no ha de estar nada mal. Ah y dicen las chismosas de la planta baja que ya se va a divorciar porque su maridito le puso el cuerno con la de la estética, “que es una gata”, remarcó alguien para aderezar la historia. Y otro hizo un chiste malo, como siempre: “pues qué raro que sea una gata, porque parece una zorra”. Ya me imagino lo que hablarán de mí. Total, ni me importa. Más veneno han soltado algunas de mis ex novias, aunque eso es otra historia. Nadie mejor para describirlo que Radio Futura: “Dicen que tienes veneno en la piel/ y es que estás hecha de plástico fino”.
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico








