Un collar a tu medida

El niño que fui se empeña en visitarme muy seguido. Últimamente me abruman los flashazos de mi infancia y tengo sueños doblemente absurdos. Un olor, un rostro, un sonido me recuerdan cosas que pretendía olvidadas
Mi inmadurez se resiste a marcharse. Me contaba un amigo que extrañaba los días en que su padre lo llevaba al beisbol en un estadio que ya no existe. Su papá murió de cáncer. El mío es un cáncer que no logro extirpar. Quisiera olvidarlo, dejar de pensar que nos abandonó, pero el tema es recurrente. No tengo postales graciosas, ni una anécdota que valga la pena. Sólo recuerdo a mi padre tirado en la cama, fumando, echando la weba. Nunca me llevó a la escuela, ni pateó un balón frente a mí, ni me enseñó a andar en bicicleta. Simplemente huyó para juntarse con otra mujer y mantener a dos hijos que ni eran de él. Se enculó con una señora que supongo que era menos prejuiciosa o más divertida que mi madre. Pero me estoy desviando del tema. Cuando eres niño no comprendes muchas cosas. Y yo no entendía por qué el papá de Jonathan era gringo y de ojos azules y hablaba muy chistoso. A mí me caía muy bien porque siempre estaba riendo y nos disparaba los Choco Roles. Jonathan era mi mejor amigo y tenía juguetes bien chidos, así que me encantaba estar en su casa. Eran los momentos más felices de mi vida, hasta que en unas vacaciones su familia se mudó a Guadalajara. Tuve otros amigos, pero me parecían tontos, no porque lo fueran, sino porque extrañaba el mundo de Jonathan: los cómics en inglés, las hamburguesas que hacía su mamá, las historias de otras ciudades, la música de los Doors y muchas otras cosas. En sexto grado me hice amigo de Lalo, que era un chavo muy travieso y a cada rato lo suspendían. Su padre era alcohólico y le teníamos miedo. Cuando estaba borracho lo evitábamos porque le daba por ser muy agresivo. A mí una vez me jaló de la oreja nomás porque andaba “de metiche en lugar de estar mi casa”. El pobre Lalo me contó que seguido le pegaba a su jefa y que lo corrían a cada rato de los trabajos. Qué jodido era tener un papá así. Un buen día, Lalo dejó de ir a la escuela. Fui a buscarlo a su casa y no había nadie. Luego me enteré que el señor mató a su esposa y después se colgó en el baño. O como diría Tony Soprano, el tipo “encontró un collar a su medida”. Lalo y su hermana mayor se fueron a vivir con su abuela. Nunca más volví a verlo. Siempre me he quedado sin mis mejores amigos. Apenas conservo un par de amistades de la universidad. Soy malo para establecer relaciones afectivas. O tal vez no soy tan buen amigo. Mi celular suena poco y a mi puerta no llama nadie. Ya no me gustan las fiestas, reniego de las multitudes y el único que me visita a cada rato es el niño que alguna vez fui y que me alimenta de recuerdos.
-O-
Mis compañeritos siempre hablaban de lo maravilloso que eran sus padres. Yo no tuve un padre para enorgullecerme, pero admiraba a mi tío Leonardo, que era el goleador de la colonia y los equipos se lo peleaban cada torneo. Pudo ser futbolista profesional, pero las malas compañías y el alcohol le parecieron más interesantes. El tío Leo tenía una motocicleta y muchas novias. Todavía recuerdo el día que se fue a trabajar a Estados Unidos: llegó a la casa, se despidió de mi madre y de nosotros; me encargó su motocicleta, me dijo que se la cuidara y que no manejara a más de 50 por hora. Por supuesto que eso último era broma, porque apenas me estaba enseñando a manejarla. Como sea, mi abuela no me creyó que yo debía cuidar la moto y se la vendió a un vecino a precio de ganga. El tío Leo nunca volvió. Dicen que lo mató la migra. Bueno, esa era la versión decente, porque alguien me contó que lo mataron cuando asaltaba una licorería. Hay cosas que es mejor ignorar. Yo lo recuerdo como un buen tipo, que siempre se preocupó por nosotros y nos enseñó a jugar futbol con la paciencia de quien ama el balón más que a otra cosa. Yo también tenía cualidades, llegué a selecciones estatales, pero cuando me tocó decidir le hice caso a mi madre: “el futbol no te va a llevar a nada, así que mejor concéntrate en la escuela”. Fui un estudiante sobresaliente y encontré mi vocación, pero no sirvió de gran cosa. Aún juego futbol los domingos, pero mis mejores días como portero ya están en el olvido. En ocasiones siento que pesan mucho los guantes o que me queda grande la camiseta de campeón. Como sea, aún disfruto cuando detengo un penal o ganamos por goleada y espero algún día jugar junto a mi hijo. Entonces guardaré ese balón como si fuera mi mejor destello. Creo que me esperan mejores cosas. Y sentiré que ya no me asfixian mis defectos. Yo no sé por qué la mayoría de mis recuerdos son tristes. Será que me empeño en atesorar nostalgias, en vez de coleccionar sonrisas. El niño que fui se resiste a abandonarme. Espero que ya no me visite tan seguido. O al menos que venga en plan más divertido. No vaya a ser la de malas y que una soga me corte la inspiración, como dice una canción de Tequila: “Su vida pendía de un hilo/ y el hilo no se cortó./ El mundo le mostraba la lengua/ y la lengua al mundo/ él le mostró”.
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico








