El diablo anda de incógnito

Esta historia ya la había publicado Roberto G. Castañeda, es normal que a veces a un escritor no le lleguen las musas (o los demonios) para inspirarle, no es para nada raro que ocurra, Babylonia Forum siguiendo la secuencia a partir de que Roberto nos autorizó a reproducirlo publicamos la historia de esta semana para los lectores que no la leyeron antes y agregamos otra que no hemos reproducido por ser anterior a la autorización.
Demian.
“¿Cuánto me das por mi alma, cuánto me das?”, soltó aquel sujeto de buenas a primeras. Lo miré con expresión de qué-le-pasa-a-este-wey. Seguro es una broma. “¿Cuánto me das por mi alma?”, balbuceó ya sin la misma seguridad. “No me jodas el día”, di otra calada a mi cigarrillo
“No te hagas, no te hagas, tienes cara de diablo”, dijo convencido. No manches, estos weyes inventan cada día cosas más extrañas para pedir dinero. “Te vendo mi alma”, insistió. “Tu pinche alma está más desahuciada que una máquina de escribir”, le seguí el juego. Busqué con la mirada alguna cámara escondida, aunque el tipo no parecía disfrazado. Aquellas costras de mugre eran bastante reales y apestaba a madres. Saqué dos varos y se los di. “Mi alma vale mucho más”, protestó. Entonces sacó un trozo de papel de su bolsillo y me lo enseñó. Era un dibujo perturbador. Y sí, allí estaban los trazos de un sujeto parecido a mí. “No te hagas, tienes cara de diablo” y me mostraba aquel retrato siniestro. “Ya llégale, que estoy esperando a alguien”, sentencié con rencor. Se sacó de onda. “Ya sé, ya sé que estás aquí de incógnito”, su garra aprisionó mi brazo. Pinche loco. “Mira, cabroncito, ya estuvo, te estás ganando unos madrazos”, me levanté de aquella banca. Dudó en seguirme, pero fue tras de mí. “¡Es el diablo!”, gritó, “mírenlo, es el diablo”. La gente se volvió para observarme. No pude evitar reírme. Aquel miserable me señalaba. “¡Sólo vean sus ojos, el mal está en su mirada!”, siguió con su desmadre. Preferí ignorarlo. Tomé el celular y le marqué a Fernanda. Venía retrasada, así que cambié el lugar de la cita. “¿Quién grita tanto?”, me preguntó ella. “Un pinche loco que cree que soy el diablo”, le contesté. Ella se carcajeó: “No manches, Roberto, ya te descubrieron”. Reí con ella y luego colgué. Hice señas a un taxi, pero me ignoró. ¿Será porque tengo cara de diablo?
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“Eres un diablillo”, me dijo Fernanda satisfecha, “me encantas”. Desnuda era un delirio. Nunca quiso andar conmigo. Sólo deseaba sexo y consumar sus venganzas. “Mira, a mí me gustan las cosas claras”, me explicó después de la primera noche que pasamos juntos; “me gustas, pero no quiero compromisos”. Estuve de acuerdo. Ya luego me enteré que ella se acostó conmigo porque su novio la engañaba. Me lo dijo una amiga en común. A mí me encantaba Fernanda. Y no era para menos. Era la más guapa de mi generación. Y vaya que había chicas bonitas en la universidad. Yo no era el más listo, pero tampoco el más idiota. Y sin embargo, me enamoré como un imbécil. Cuando le dije a Fernanda que no podría vivir sin ella, me abrazó y soltó las frases más comunes: “Tú y yo no podríamos estar juntos, no funcionaría”. Esa sólo era una de muchas razones. Ella odiaba que yo no tuviera auto. Siempre me decía que era un soñador, que las mujeres no se casan con tipos como yo. Que escribir era un oficio sin beneficio. ¿Dónde había escuchado eso antes? Total, que no quiso ser mi novia y tampoco volvimos a tener sexo. Terminamos la carrera y dejé de verla.
-O-
Fernanda y Leonardo terminaron. Luego, ella se fue a vivir con el hijo de un banquero. Se volvió muy pacheca. Supe que el junior era distribuidor de drogas. Y Fernanda se hundió en una espiral sin fondo. Y el sujeto se cansó de mantener sus vicios. Fer nunca ejerció la carrera. Se dedicó a trabajar como edecán. Dicen que era buena en lo suyo: mucha disposición y cero prejuicios. Algunos amantes y demasiadas escalas en hoteles de paso. Un par de años después coincidimos en una fiesta. Nos saludamos como si nada. Se emborrachó más de la cuenta. Me preguntó que si no traía algo de coca. “¿Tengo cara de dealer?”, fui cruel. “Uy, que pinche genio”, se burló, “¿a poco me odias todavía?”. Ni siquiera me volteé para mirarla. “No puedo odiar algo que he olvidado”, advertí. “Te han sentado bien los años”, intentó coquetear. “Lástima que no puedo decir lo mismo de ti”, no me gusta andar con rodeos. Aquella mujer de ojos enrojecidos no era la misma chica hermosa que conocí. “Ay, que weba, mejor voy a ver quién trae aunque sea un poco de mota”, se ofendió. Estuve un rato más y cuando ya me iba vi a Fernanda besando a un tipo que no era nada atractivo, pero seguro él sí traía algo de coca o tal vez unas tachas. Yo no tenía lo que ella buscaba, pero a mí me bastaba con lo que poseía. Algunos sueños postergados, el corazón en el refrigerador y la poesía de Jaime Sabines, por mencionar algo: “El diablo y yo nos entendemos/ como dos viejos amigos./ A veces se hace mi sombra,/ va a todas partes conmigo./ Se me trepa a la nariz/ y me la muerde/ y la quiebra con sus dientes finos./ Cuando estoy en la ventana/ me dice ¡brinca!/ detrás del oído…/ Nunca se está quieto./ Anda como un maldito,/ como un loco, adivinando/ cosas que no me digo./ Quién sabe qué gotas pone/ en mis ojos, que me miro/ a veces cara de diablo/ cuando estoy distraído./ De vez en cuando me toma/ los dedos mientras escribo”.
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico
Alas de utilería

“Hace cuanto no haces el amor con una mujer de 19 años”, me dijo aquella chica. De inmediato percibí la cerveza en su aliento. Reí de la manera más estúpida. “No-o-o, nooo te rías, tonto”. Por supuesto, no me sentí ofendido. “Desde que tenía 16 no me acuesto con mujeres menores que yo”, aclaré. “Pues no sabes de lo que te pierdes”, se acercó a mi oído y juro que sentí su lengua húmeda. Un escalofrío recorrió mi cuello y bajó por mi hombro. La miré con malicia. Yo estaba en aquella reunión porque era cumpleaños de uno de mis mejores amigos y no conocía a la mitad de los invitados. “Te he estado observando y parece que no te merece el mundo. Te crees mucho”, indicó la chavita, “pero me gusta tu actitud”. Bebí un trago de mi cuba. “Tú lo has dicho. Es la actitud. Me quiero mucho”, intenté explicar. “¿A poco muy acá?”, preguntó. Volví a reír, consciente de lo que quiere decir “muy acá”. Le invité un cigarrillo, lo tomó, se lo llevó a la boca y me observó como lo haría un demonio con alas de utilería. Le ofrecí la llama del encendedor, tomó mi mano entre las suyas. Me arrojó la primera bocanada de humo, como si aquello fuera sensual. “No vuelvas a hacer eso, es de pésima educación”, le sujeté la mano en que llevaba el tabaco. “Me encantan los caballeros, pero me calientan los chicos malos” y me guiñó un ojo. “No me has dicho tu nombre, guapo”, soltó como en una mala película, igual que haría una mujer manipuladora. Ella me dio el suyo. “Soy Jennifer, pero me puedes decir Jenny, mi amor”, parecía tener prisa por conseguir algo, no me pregunten qué. “Mira, Jennifer, yo no soy tu amor y tampoco podría ser el hombre de tu vida”, aclaré con desgano. “Ashhh, que mamoncito eres, eh, me chocas”, hizo berrinche y se fue con el pretexto de buscar una cerveza, “porque aquí no hay hombres atentos. Es más, dudo que haya hombres”. Pinche loca. Se me acercó Paco y me preguntó que si me gustaba la cuñada de Álvaro. Le dije que dox dox. “No mames, wey, está bien buena”. Luego me pidió que lo acompañara a comprar hielos. “No huyas, no me tengas miedo”, otra vez la voz ebria de Jennifer cuando me dirigía a la puerta. La ignoré. Necesitaba aire fresco.
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En el camino al Oxxo, Paco me puso al tanto. “Esa vieja es una zorrita, dice Álvaro que le encanta el desmadre, así que no te me apendejes, mi Robert” y se carcajeó. En cuanto regresamos a su departamento sentí ganas de estar en el mío. No me agradan las multitudes. Aún así, me serví otro trago. Fui hacia la terraza. Mientras observaba el edificio de enfrente sentí una mano en mi hombro. “Ya me vas a decir por qué eres tan mamón”, me provocó Jennifer. “Llámale como quieras. Yo le digo arrogancia. Es uno de mis defectos”, solté con monotonía. “Ah, sí, ¿y cuáles son los otros?”, se recargó en el barandal. “Sería muy estúpido si te los dijera. Prefiero promover mis virtudes”, dejé en claro. “Déjame adivinar. Eres perfecto en la cama”, intentó reírse a mis costillas. “Lo único que sé es que puedo ser el fogonero de tus noches en vela”, no pretendí que entendiera. “No me digas. Eres igual a todos, igual de presumido”, me harté de sus retos. “Lástima que no puedas comprobarlo, porque no me acuesto con niñas”, la dejé mientras me miraba con odio. Alguien puso una rola que me gustaba, así que saqué a bailar a una de mis amigas, aunque su novio me odiaba. Cuando acabó la canción me fui al baño. Me eché agua en la cara. Me miraba al espejo cuando entró Jennifer. No me extrañó. Me besó con fruición. Me dejé llevar. Una de sus manos bajó a mi entrepierna. Su lengua sabía decir mejores cosas en silencio. “Esta niña puede enseñarte algunos trucos”, advirtió mientras bajaba el zipper de mis jeans con habilidad. Intuí lo que seguía. Estuve a punto de detenerla antes de que se arrodillara, pero alguien tocó la puerta. “Ocupado”, advertí. Me subí el cierre, Jennifer se arregló el cabello. “Quiero irme contigo”, supongo que intuyó que ya quería largarme.
-O-
“Dime que te gusto”, gimió Jennifer, “dime que te gusto”, insistió antes de alcanzar el clímax. “Me encantas”, fue lo que musité. Era hermosa, aunque demasiado joven para mi gusto y tan llena de inseguridades. Hay mujeres que confían demasiado en la pasión y tan poco en el amor. Será porque están tan carentes de afecto que quieren compensarlo con el sexo. “¿Te gusto?”, preguntó Jennifer mientras se pintaba los labios. “Si no me gustaras, no estarías aquí”, aclaré. Volteó a verme. “Ashhh, me chocas. Sólo dime que te gusto”. Okay, okay, “eres hermosa”. Se acercó, me besó, y sus labios volvieron a estremecerme. “Si no tuviera que llegar a mi casa, me quedaba contigo”, sonó a promesa pero a mí me chocan las mujeres que se la pasan prometiendo. “No te preocupes, podré vivir con eso”, la aparté y me vestí para llevarla a su casa. En el camino casi ni hablamos. No le pedí su número de teléfono, aunque ella insistió en que le diera el mío. Antes de bajarse volvió a besarme. “Nunca podrás olvidarme”, sonó convencida, “nos vemos pronto, xoxo”. Su sonrisa me pareció sincera. Pero no creo en quimeras. Subí el volumen al radio. Inmigrantes cantaba eso de “Si hay infierno para mí,/ si hay infierno para vos,/ que nada nos separe por favor…/ Un graffiti en mi interior/ me dice que mañana es hoy”. Nada mal para una noche que prometía muy poco.
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico








