Un desfile de dudas

Mi principal duda soy yo. ¿Quién soy? Las respuestas pueden variar. Soy un tipo que se reconstruyó en la adolescencia. Siempre fui tímido, pero un buen día descubrí que le interesaba a las chicas. Así que me forjé una personalidad.
No era ni soy atractivo, pero tengo un aire de arrogancia que se confunde con “estilo”. La duda es si realmente valgo lo que creo. Una duda más. Fui un niño solitario, carente de afecto. No me enseñaron a amar, así que soy un inválido emocional. No sé valorar el amor, por tanto es habitual que me sienta vacío. Sí, con paciencia, reconstruí el cascarón: sé cómo arreglarme para tener buena pinta, mi sonrisa es una mueca un tanto cínica y mi charla es un poco interesante. La fachada es engañosa, porque en mi interior habita un perfecto imbécil, un tipo que no sabe estar bien consigo mismo. Padezco el Síndrome de Asperger, que consiste en ceguera emocional. Carente de afecto, siempre busqué el reconocimiento, el aplauso a mi favor. Desde niño me propuse ser el mejor estudiante y escribir los mejores poemas, así que no me costó mucho ganarme la simpatía de mis maestros, pero yo no me daba cuenta de que todos mis compañeros me odiaban. Nunca fui el simpático del grupo, así que no era raro que los buscapleitos me molestaran a la hora del recreo. Y nunca rehuí a los golpes. Incluso era bueno para dar y recibir, porque no lloraba cuando me golpeaban y la sangre en mi nariz me alentaba a seguir en la pelea. Tal vez no ganaba, pero siempre aguantaba de pie gracias al orgullo. En el futbol era lo mismo: aunque no era el más habilidoso, la disciplina me convirtió en el portero titular, nada espectacular pero sí confiable. En la prepa me volví popular gracias a mi habilidad para los deportes. Fui seleccionado en futbol, en basquetbol y atletismo. Gané algunas medallas y la admiración de las chicas más guapas. Todo parecía perfecto, pero el corazón se congelaba en la hielera, junto a las bebidas energéticas. Nunca me enamoré de verdad, máxime que mi novia me dejó para andar con mi mejor amigo, que tocaba la guitarra y era “tan tierno”, me dijo Norma. Ya en la universidad me rodeé de gente interesante y fui uno de los alumnos más avanzados. Mis maestros reconocían mis logros y yo me escudaba en eso para mitigar mi parálisis emocional. Luego conocí a la chica más linda de mi generación y me propuse conquistarla. Duramos unos meses como novios, porque ella no había dejado de querer al “primer hombre en su vida”. Me dolió como nunca, pero entonces conseguí trabajo en un periódico, me fui como reportero al Cervantino y me cicatricé las heridas con tequila en las mismas cantinas que recorrió José Alfredo. Desde entonces no he dejado de trabajar y me volví muy bueno en lo que hago. Me considero un tipo afortunado, pero aún hay vacíos que nadie ha llenado. Otra duda a mi catálogo: ¿Ha valido la pena todo lo que he logrado? Esa pregunta aún no me la he respondido.
-O-
“Yo nací un día/ que Dios estuvo enfermo…/ Hay un vacío/ en mi aire metafísico/ que nadie ha de palpar:/ el claustro de un silencio/ que habló a flor de fuego./ Yo nací un día/ que Dios estuvo enfermo, grave”, así me siento, como dice ese poema de César Vallejo. Y otra duda salta al ring: ¿Qué me falta por hacer? Las respuestas abundan: amar de verdad, valorar a la gente que me quiere, hacer las paces con mis defectos, arreglar todo lo que hice mal, dejar de postergar lo que no puedo culminar. Mi meta más próxima: hojalatear el Frankenstein que está encarcelado en mi interior. Mi objetivo siguiente: publicar mi primer libro, sí, ese que tanto he prometido y que ya se cansó de ser postergado. Y las dudas se amotinan en la ventanilla de quejas: ¿Realmente valdrá la pena?, ¿cuántos lo están esperando?, ¿quiénes querrán comprarlo? A veces creo que no me educaron para el éxito y que me da miedo cruzar al otro lado. Ya me cansé de la pose de “escritor incomprendido”. Por Dios, debo ser muy pendejo para creerme esa historia de que mis letras serán valoradas cuando muera. Eso de vivir de prisa, morir joven y dejar un bonito cadáver es una estupidez que suena romántica, pero que ya no aplica conmigo. Soy un tipo decrépito encerrado en un cuerpo que se resiste a envejecer. Soy la suma de mis miedos, la ecuación que cuadra con mis defectos. Soy un imbécil y me declaro jubilado en el departamento de corazones desahuciados. Soy inmaduro y bastante complicado. Me escudo en mil disfraces para que mi fragilidad no me traicione. Mis emociones se confabulan para recordarme que soy un tipo ordinario con una vida extraordinaria. He viajado, he visto la luna desde diferentes ángulos, el sol ha alargado mi sombra, tengo algunas postales de los bares más raros y las mujeres más hermosas, pero siento que los dioses no han atendido mis plegarias. Y muchas dudas me siguen persiguiendo hasta en mis sueños. Y Los Smiths resuenan en mis noches en vela: “Sal conmigo esta noche/ donde haya música y haya gente,/ que sean jóvenes y estén vivos./ Conduciendo en tu auto,/ yo nunca quiero ir a casa/ porque no la tengo. ¡Ninguna!/ Sácame esta noche,/ porque quiero ver luces/ y quiero ver gente./ Y si un autobús/ choca contra nosotros,/ morir a tu lado/ es una manera celestial de morir./ Y si un camión de diez toneladas/ nos mata a nosotros dos,/ moriré a tu lado./ Bien, el placer, el privilegio es mío”. Entonces se acabará este desfile, el carnaval, de dudas que me sigue a todos lados.
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico








