Si te dicen que me olvides / Manual para canallas

Las Historias de Roberto G. Castañeda

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Si te dicen que me olvides / Manual para canallas

Notapor Demian el Dom Jul 26, 2009 10:09 am


Si te dicen que me olvides


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“Tuya es mi voluntad”, me pareció que dijo Adriana cuando yo elegí la película, aunque en realidad sólo comentó “la que tú quieras”. En ese momento no le presté mucha atención porque yo estaba más ocupado en ver los horarios de Cinépolis

Además traía una cruda espantosa y sólo quería estar en casa, acostado, mirando el techo, abrazado a esa chica que de pronto se volvió imprescindible. Escogí la peor película y a media función me quedé dormido. Adriana se abrazó a mí, me dijo cuanto me amaba, pero yo quería llevármela a la cama. Siempre que estaba con resaca me daba por ser cariñoso, pero nunca era suficiente. Ella odiaba que viera a los “borrachotes” de mis amigos. A mí me encantaba jugar dominó los jueves, justo antes de mi día de descanso. Y la noche y la madrugada se nos iba en contar fichas. Y las llamadas no cesaban: “Hola, ¿qué haces, ya mero acaban?”, me preguntaba ella a la una de la mañana. “Ya casi me voy, en un ratito”, respondía yo. Era mentira. Me la pasaba tan bien que no me importaba la hora. Después de un buen rato, Adriana me volvía a llamar: “Pensé que ya estabas en tu casa”. Llegaba a ser incómodo. “No, pero ya mero me marcho”, pretextaba. “Seguro hay viejas”, se quejaba. Y no las había. Yo no buscaba aventuras, sólo me la pasaba a gusto con mis cuates. A veces estaba Brisa, pero no me hablaba, sólo porque un día no me quise ir con ella al hotel. “No puede ser que prefieras a esa pinche vieja fea que a mí”, me mandó un mensaje Brisa. Adriana no era fea, todo lo contrario, pero entre mujeres hay códigos indescifrables. Un buen día me cansé de las 20 llamadas de Adriana, así que exploté y le dije “si no puedes vivir con esto, con tu desconfianza, mejor ahí muere” y colgué. No me habló en una semana. Hasta que llamaba para preguntar, “¿tan rápido me olvidaste?”. Me perdonaba enseguida. Y así sucedía cada vez que yo me iba a aventar la “caja de chescos” o “la mulata” o “la mula de seis”, como se dice en el dominó. Hasta que Adriana se hartó y me dijo que no podía con mi forma de beber. Yo la amaba, pero también detestaba que, según yo, quisiera manipularme. Y los viernes a mediodía me daba weba levantarme y ponía pretextos para no ir a comer con ella. Es que vive bien pinche lejos, argumentaba mentalmente. “Tengo que ir al banco y a comprar la despensa”, inventaba y le proponía que nos veríamos en la noche. Así fue durante meses, muchos meses, hasta que se hartó y me mandó a la chingada. Vamba, va, pensé, total, viejas no faltan. Estuve bien un par de meses, hasta que comencé a extrañar a Adriana, la forma en que me abrazaba, esa voz en el celular que antes me molestaba. Y alguien ponía en la rockola una rola que me llegaba y yo no dejaba de pensarla. Mi arrogancia venció al sentimental que a veces me aconsejaba frente al espejo: ve a buscarla. No, era demasiado pedirle a alguien que siempre ha estado acostumbrado a las propuestas más alocadas. “Tu y yo deberíamos salir”, me dijo Eréndira. Y salimos, pero no era lo que yo necesitaba. Un buen día, más bien una buena noche fui hasta la casa de Adriana y me puse sentimental y grafitero. “Si te dicen que me olvides, clava mi fotografía en el techo, sobre la cama”, pintarrajeé la pared enfrente. Nunca me llamó y yo intenté sacarla de mi mente. No funcionó. Nunca ha funcionado. Y en otros labios intenté apagar el fuego de sus besos. Y en otros cuerpos incendié sus recuerdos. Llevamos meses sin mirarnos y sus ojos siguen clavados en mi insomnio. Y mis amigos me dicen que la olvide, pero ni el alcohol, ni las fichas, ni las victorias del Cruz Azul han sido remedio. Ya lo dice Duncan Dhu, “hay, hay que ser un tonto para recordar,/ pero yo, yo no puedo/ evitar pensar en ti”.


-O-



Supe de Adriana por una amiga en común. Está saliendo con uno de sus amigos. Y duele, no voy a negarlo, pero ya acepté que estoy fuera de su vida. Yo ando con Brisa y me gusta, siempre me ha gustado, pero uno es un perfecto idiota que nunca está conforme con lo que tiene. “Oye, ¿y si me voy a vivir contigo?”, me propuso más que preguntarme Brisa. No es mala idea, pensé por momentos, sólo que me he vuelto desconfiado. “Ay, princesa, esa es muy buena idea, pero a los dos meses querrás salir huyendo”, pretexté, “vivir conmigo es como un bombardeo en el vecindario, no te asusta el ruido de los misiles, sino la posibilidad de que el próximo te vuele en pedazos”. Brisa se quedó muda, sin comprender la magnitud de lo que dije. “Más vale salir huyendo y buscar refugio, antes que permanecer junto a un tipo que está acostumbrado a estar en guerra consigo mismo”, agregué y ella sólo dijo “no sé que estás diciendo pero me da la impresión de que no es nada bueno”. Para no hacer el cuento largo, Brisa me dejó por un arquitecto. Yo sólo soy bueno para dinamitar los proyectos. Soy experto en demoliciones, en derribar autoestimas y luego hacerme pendejo. “Mi casa es un refugio antiaéreo,/ mi corazón es una mina personal./ Déjame explotar de vez en cuando/ y verás que volaremos en pedazos./ Los fragmentos de tu amor/ se esparcirán por el suelo/ y una llamada de auxilio no encontrará eco./ Soy tu enemigo con disfraz de espía,/ soy tu frontera hacia la despedida,/ soy un bunker clausurado de antemano,/ soy la bandera que nadie querrá defender,/ soy derrota anticipada/ en un conflicto en el que nadie ganará nada”. Vaya, muy poca poesía para un himno que nadie entonara mañana. Y si te dicen que me olvides, piénsalo dos veces, que dormirás junto a una bomba oxidada. Si te dicen que me olvides, seguro me extrañarás una que otra madrugada.


Roberto G. Castañeda

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