En brazos de la lujuria, Manual para canallas

Las Historias de Roberto G. Castañeda

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En brazos de la lujuria, Manual para canallas

Notapor Demian el Jue Ago 13, 2009 7:41 pm


En brazos de la lujuria



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La desnudez de Paola era luminosa. Y un brillo en su mirada delató el gozo que recorría su cuerpo. Aquel hombre sabía cómo acariciarla y conocía la manera de encaminarla al éxtasis. Paola gimió cuando la mano sabia hurgó en su sexo. Aquella sensación no era nueva, pero sí distinta.

Los labios de ella buscaron los de él. Y el fuego avivó el deseo, esa humedad que es trópico entre las piernas. “Hazme el amor, tómame”, musitó la chica casi con urgencia. “Tontita, ya eres mía hace mucho”, aclaró él con tono pausado, “y esto no es amor, sólo es lujuria”. Ella reaccionó de una manera inesperada: le enterró las uñas en la espalda de saberse tan deseada. “Sííí, soy tuya, sólo tuya”, su voluntad estaba de rodillas. “Shhhh”, el posó su dedo en la boca de Paola y ella lo tomó entre los dientes. Cuando la penetró, la chica no pudo contener un grito obsceno. Fue entonces que una sacudida la hizo volver a la realidad. “Pao, Pao, estás gritando”, dijo Adolfo. Confundida, ella lo observó como si fuera un extraño. “¿Por qué me despiertas?”, reclamó. “Pues es que tenías una pesadilla”, justificó el marido. “Mmm, sí, supongo que sí, ahora vamos a dormir”, Paola le dio la espalda y sintió ganas de entregarse otra vez a los brazos de sus fantasías. La rutina es una cama que huele a distancia, que sabe a silencios habituales y que suena a “buenas noches, hasta mañana”.


-O-




Alguien puso aquella canción que tanto le gustaba a Marisol. Los Decadentes cantaban “Un osito de peluche de Taiwán” y ella miró al chico que manipulaba el iPod. Él volteó y le sonrió. Ella desvió la mirada. No le gustaba verse sorprendida, así que encendió un cigarrillo. Tarareó su parte favorita: “Un osito de peluche de Taiwán,/ una cáscara de nuez en el mar,/ suavecito como alfombra de piel,/ delicioso como el dulce de leche”. La reunión era en casa del amigo de una amiga, así que ella no conocía a gran parte de los invitados. “Hola”, la saludó el chaval aquel y le extendió una Corona, “¿quieres?”. Marisol no se pudo resistir y le dio las gracias. “Me llamo Enrivier y también me encanta esa rola”, le volvió a sonreír. “Yo soy Marisol”, la desarmó aquella sonrisa. “Marisoul, vaya, bonito nombre”, sabía bien el juego ese tipo. “No, Marisol”, protestó ella. “Pero a mí me gusta más Marisoul y para mí eres Marisoul”, no dejó derecho a réplica. Ella cambió la conversación: “¿Te llamas Enrique?”. Él posó su mano en el brazo de Marisoul justo para dejar en claro que “Enrivier, me llamo Enrivier”. Que nombre tan raro, pensó ella y él notó algo porque explicó: “Mi madre quería ponerme el nombre de su padre y mi jefe quería que llevara el del suyo, así que mejor los combinaron. Uno es Enrique y el otro Javier, por eso me llamo Enrivier”. Marisoul sólo exclamó un “ahhh”, pero él no esperaba mayor cosa y agregó, “¡qué bueno que no me pusieron Javienri!”. Ambos rieron aunque seguramente ya era una broma muy gastada. Aquello fue el comienzo de su accidentada relación. Salieron juntos esa madrugada y por ser viernes tardaron en encontrar un hotel con habitación disponible. El deseo no sabe de pretextos, ni necesita justificaciones. Ambos se necesitaban desde el momento en que sus miradas se cruzaron. Sí, se conocían poco, pero sus besos y sus caricias embonaron perfecto. Ella venía saliendo de una relación enfermiza y él no tenía novia en ese momento. Marisoul se entregó sin reservas, con ganas de encontrar refugio antes de que la tempestad de los recuerdos le volviera a inundar los ojos. “¿Me quieres?”, se acurrucó en sus brazos. “Esa es una pregunta un poco fuerte”, dijo Enrivier. “Contéstame, por favor”, lo miró a los ojos. “Me gustas mucho, pero tanto como quererte…”, Marisoul lo interrumpió porque deseaba escuchar una mentira piadosa. “Me han traído hasta aquí tus caderas, no tu corazón”, él parafraseó a Sabina, que siempre ha sido un canalla en eso de abofetear al amor. La chica no pudo contener una lágrima y se aferró a la esperanza: “Ojalá algún día me quieras”. Él le besó la frente y sólo repitió “ojalá”. Afuera una ambulancia presagió con su ulular que un corazón estaba en shock. Uno más.



Roberto G.Castañeda

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