Tus silencios bajo la cama

El balón hizo un efecto extraño y tuve que estirarme un poco más para desviarlo con una mano. ¡Ehhhh!, gritó Lalo. Habíamos ganado en penaltis. Y los chavos de sexto año no podían creer que esos chamaquitos babosos de quinto los hubieran derrotado
Fui el héroe de esa tarde. Y ellos tuvieron que pagar los Frutsis congelados. Ya me abrazaban mis amigos cuando me di cuenta de que la gloria siempre me pasaría la factura. El pantalón de mi uniforme estaba roto de la rodilla izquierda. Chin, sentí un escalofrío. Mi madre me va a matar. Cuando no me robaban mi lapicera yo perdía los lentes o rompía los zapatos por jugar al futbol en el recreo. Parecía que me empeñaba en echarle a perder las tardes a mi jefa. Y mi hermana siempre colaboraba: “Mamá, Beto me jaló la trenza” o “Mamá, Beto reprobó el examen de matemáticas”. Yo detestaba que me llamaran “Beto”. Y le tenía pavor a mi madre, no porque fuera mala sino porque su neurosis era impredecible. Es curioso, pero no recuerdo un abrazo de mi madre. Sí, como todas las jefas, me cuidó cuando tuve fiebre o se sentía bien de verme feliz con lo que me traían los Reyes Magos, pero a decir verdad ella no fue educada para demostrar afecto. Eso lo aprendió con el paso del tiempo. Ahora me abraza y me da consuelo cuando estoy triste, pero yo hubiera querido que me abrazara en las noches de tormenta cuando mi niñez se escondía bajo las cobijas. O me hubiera gustado que me viera declamar en el festival del 10 de mayo, pero Alicia tenía que trabajar y no se podía dar esos lujos. Yo debía conformarme con aplausos ajenos, con los “¡qué bonito!” de las mamás de mis amigos. Y ante la carencia de afecto, yo me conformaba con la gloria de parar un penalti decisivo, aunque sólo sirviera para ganar un refresco o el Frutsi congelado. Si, no había nada más delicioso que un Frutsi congelado.
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“Su hijo tiene serios problemas, se resiste a seguir las normas y no respeta figuras de autoridad”. Algo así le dijo la directora a mi madre en la secundaria. Su diagnóstico iba acompañado de una sugerencia: llévelo al sicólogo antes de que sea tarde. Mi mamá no me mima. ¿Eso qué? Bueno, mi mamá se asustó un poco y sólo aceptó con “sí, maestra, disculpe usted las molestias”. Yo odiaba que mi madre se disculpara por todo. Y odiaba también que me obligara a pedirle perdón a la directora mientras me pellizcaba el brazo. Pero eso no era nada comparado con la chinga que me tocaría en la casa. Una semana suspendido seguro que iba a repercutir en mis calificaciones. Todos eran expertos en conducta humana. Todos tenían un diagnóstico para mí. “Ese niño es el mismo diablo”, se quejaba una vecina cuando yo tiraba por accidente el tendedero. “Pinche escuincle, tú has de ser adoptado”, molestaba mi tía cuando me negaba a hacerle un mandado. Mi madre no era tampoco muy paciente con mis travesuras: “Te encanta hacerme enojar, hijo de la chingada”. Yo sólo era un chamaco como todos, inquieto, un tanto rebelde y un mucho acostumbrado a andar de pata de perro. Yo prefería fugarme al baldío para patear un balón o participar en guerras de arena, que meter mis narices en los libros de química o matemáticas. Según yo, iba para futbolista profesional o barman en un hotel de Nueva York de esos-que-salen-en-las-películas. Y sí, mi madre me mandó al psicólogo. Y supongo que el wey me cambió el chip sin que me diera cuenta porque no recuerdo en que momento dejé de perseguir mis sueños. Y me siento como una canción de Villanos, que dice, que cuenta: “No fui hecho para estos tiempos de hoy,/ no me siento para nada actual./ Quiero estar aislado de este mundo/ y escaparme a otra realidad./ Esto es una emergencia,/ sólo espero que alguien/ me pueda ayudar y ya no estar más./ Estoy de oferta, llame ya”. Ahora me conformo con poco, ya no anhelo una mujer perfecta que aguante mis ronquidos. Ya sólo quiero dormir tranquilo, haciendo las paces con el niño que alguna vez fui. “No me cortes si ya no te sirvo más,/ que no encajo en el mundo real,/ tan expuesto ante tantos ojos/ que no me dejan de monitorear.../ Porque en este mundo/ parece que estoy de más./ Me estoy rematando y nadie me viene a buscar./ Llame ya, llame ya por favor/ y lleve a su casa mi amor”. Y que las musas me visiten de vez en cuando, aunque me dicten frases baratas. Y que los silencios, tus silencios, ya no se amotinan bajo mi cama y que en la almohada siempre aniden más suspiros que ácaros.
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico








