Manual para Canallas, Un ángel de la guarda sin empleo

Las Historias de Roberto G. Castañeda

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Manual para Canallas, Un ángel de la guarda sin empleo

Notapor Demian el Jue Ago 27, 2009 8:02 pm


Un ángel de la guarda sin empleo


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Rolando buscó motivos para quedarse tirado en el camastro. Elevó su mirada vidriosa junto con el humo del carrujito. Sonrío como un imbécil y tuvo ganas de mandar todo a la goma

En la radio sonaba una cumbia viejísima que no obstante le causó gracia: “no te metas con mi cucu... no te metas con mi cucu”, repetía una voz femenina. El reloj de pared, con el escudo del América, marcaba las 23:15 horas. En la cabeza de Rolando aún sonaba el estribillo pegajoso “no te metas con mi cucu...”

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Apenas había terminado el churro y se maldijo por fumar esa porquería. Pinche Cuirias, maldijo mentalmente, ahora que lo vea le voy a mentar su madre por venderme esa mota tan culera. Enseguida buscó bajo la almohada y sacó una pistola. La empuñó con confianza y el frío metálico le cosquilleó la palma de la mano. La miró como lo haría Juan Orol en una malísima película de gangsters mexicanos. No pensó nada, porque en esos casos generalmente no se reflexiona gran cosa. Era una de esas armas que asustan a cualquiera, de esas que cualquier noche de éstas agujeran a un cristiano nomás porque ya le tocaba. Rolando tuvo ganas de seguir tirado boca arriba, tirando la güeva, observando el techo, escuchando cumbias. “No te metas con mi cucu... no te metas con mi cucu...”, repasó en silencio. Volvió a reírse como un tonto.

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El silbido lo sobresaltó un poco. “Chale, ya llegó este güey”. La imagen del Cuirias lo incomodó un poco. A regañadientes se paró, se puso la chamarra y acomodó la pistola en la cintura de manera que pasara desapercibida. Abrió la puerta y su compinche lo saludó con voz pastosa desde el Tsuru : “Qué transita mi Rolas, vamos por la chuleta”. De su boca escapó una sonrisa chimuela. Rolando subió al vochito y al recargarse en el asiento le incomodó el arma. “El Pecas ya nos está esperando, a ver si no anda pedo como el otro día, ya ves cómo se pone cuando se aloca”, aclaró el Cuirias como queriendo que todo saliera bien. “Está loco, pero a veces hace falta ser un ojete como él para que la gente se escame y afloje el billete sin panchos”, dijo el Rolas como si hablara para sí mismo.

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Ya los esperaba El Pecas en la esquina de su casa, bebiendo caguamas con tres tipos igual de desaliñados que él. “Ya llegaron mis vales, así que ahi nos vemos” y se despidió, no sin antes darle un trago a la cerveza. Subió al auto y le dio un zape al Rolas, “qué transita por sus venas, culero”. Rolando se sacó de onda, siempre le había molestado que lo trataran como a un novato. “No te metas con mi cucu”, advirtió. Los tres rieron como si hubiera hablado Polo Polo.

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En menos de cuatro horas ya habían atracado a tres personas. Una chava con aspecto de secretaria no opuso mayor resistencia. “Órale pinche ruca, afloje la bolsa o se la carga la chingada”, amenazó El Pecas y antes de irse todavía la asustó más al tocarle con lujuria los pechos: “Lástima que no tengo tiempo, sino hasta una canción te cantaba”. Las lágrimas y el terror de la chica lo hicieron sentirse el rey del barrio, el chingetas de su cuadra. Un par de chavos que regresaban de una fiesta tuvieron que aflojar hasta los tenis, amenazados por la cara de maldito número siete que puso el Cuirias: “Mira nomás que chingones cacles traen culeros. ¿No les da pena gastarse tanta lana en unos pinches tenis mientras los niños se mueren de hambre?”, se burló el ratero. En otra colonia, un obrero intentó resistirse a perder su sueldo semanal, las horas extras. El Rolas no tuvo empacho en abrirle la ceja de un cachazo.

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Sentados en un rincón de aquel teibol ruidoso, miserable, el Pecas gritó al mesero: “Mira, pinche flaco, tráeme un pomo de Bacardí, agua mineral y cocas”, hizo una pausa, sacó la barriga y agregó: “Y también nos mandas a tres zorras, porque hoy chambeamos bien duro y queremos festejar con ellas”. En cuanto llegaron las chicas les metieron mano. “Mesa, mesa, mesa que más aplauda, le mando, le mando, le mando la niña”, intentó cantar Rolando. Lo otros dos nomás se rieron.

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Adentro del bar todo es risas, choque de vasos, ese murmullo constante de los borrachos que todo celebran. Afuera, en la madrugada, los gatos hurgan entre la basura, dos autos chocan en un crucero, una mujer pide auxilio y nadie la escucha, alguien observa desde una ventana, todos cierran con doble llave la puerta, el reloj sigue su marcha, un mendigo duerme a la puerta de un banco, un perro ladra a su sombra, todos nos miramos con desconfianza... afuera sucede todo y no pasa nada. Afuera la vida no descansa y a veces nos toca bailar una cumbia con las más fea. Afuera, tu ángel de la guarda es un pordiosero que no supo cuidar su empleo.



Roberto G. Castañeda
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