Caminar en círculos viciosos

Llegas a un punto de quiebre y te preguntas si todo el dolor habrá valido la pena. ¿Dónde quedó aquella pasión por la vida? ¿A dónde se fueron las sonrisas que ya no habitan más en tu rostro? ¿Qué fue del adolescente que soñaba con tocar en una banda de rock?
Te quedaste estacionado en un sitio que parece desolado, en un pueblo fantasma que sólo recorren algunos perros hambrientos. Y tu panorama es una postal inanimada. Trabajas más de ocho horas por un sueldo miserable. Y te aferras a los silencios en busca de respuestas. Eres la imagen viva de la neurosis y la ansiedad se come tus uñas. Jubilaste tu entusiasmo, guardaste la guitarra, y tu madre se congratula de que al fin seas un hombre de bien. Tan guapo que te ves de corbata, tu abuela te señala en una foto. Tan estúpido que te sientes ordenando archivos, archivando tus aspiraciones. Fuiste educado para lo más absurdo: estudiar, conseguir un trabajo “decente”, casarte, tener hijos y suspirar por un auto con sonido envolvente. Y manejas hacia el desfiladero. La chica que te gusta no te pela, así que te conformas con besar a mujeres fáciles en las fiestas de tus cuates. Y te emborrachas como desesperado. Es entonces que desinhibes y te propones que a partir del lunes tu vida dará un giro estupendo y mandarás todo a la chingada. Sólo que el gusto te dura poco, porque la resaca del domingo y la derrota de los Pumas te devuelven a la mediocridad: vale madres, para qué luchar, para qué soñar, si a fin de cuentas terminarás igual que papá. No irás de mochilazo a Inglaterra, tampoco verás a Metallica en Alemania, no jugarás en el Azteca, ni tocarás la guitarra en las calles de Madrid y mucho menos te ligarás a una sueca en Ibiza. Un buen día conocerás a una mujer que te hará sentir el tipo más afortunado, caerás rendido a sus pies, ella se declarará en tus manos y acabarás entregándole tus quincenas. Y pasarán los años y la rutina dormirá en la misma cama y ella dejará de arreglarse y subirá de peso. Tú, tú, creerás que la vida te ha estafado, aunque tu hija te abrace como en un comercial de papas fritas. Mirarás el televisor, maldecirás el pinche futbol y abrirás otra lata de cerveza que salpicará tu playera de la Selección mexicana. Y entonces te preguntarás qué fue de la rabia que te impulsaba cuando eras joven. Tú dirás si aún estás a tiempo de elegir otro camino. O si estás condenado a votar por el menos malo, a merced de tu indiferencia, en manos de la desidia. ¿Desde cuándo dejas todo a medias?, ¿a qué te saben las canciones de Arjona?, ¿qué se siente ser empleado de un idiota?, ¿cuánto gana un lavaplatos en Nueva York?, ¿cómo serán las noches en Londres?, ¿qué significa ese “don’t walk” en los cruceros?, ¿es verdad que en Canadá hay déficit de jóvenes?, ¿sabes siquiera qué quiere decir “déficit”?
-O-
Melissa no terminó la carrera de odontología porque se enamoró de Christopher, que iba en su salón y también truncó los estudios. La madre se puso histérica, el padre intentó parecer duro. La chica salió con la clásica babosada: “Ay, mamá, no seré la última ni soy la primera”. Se casaron por la Iglesia y armaron una fiesta para que todo pareciera decente, como si a los gorrones eso les importara un bledo. Mario trabaja como cajero en un banco y su sueldo es pésimo. Melissa es recepcionista en un consultorio. Tuvieron un hijo al que bautizaron como Brandon. Menos mal que no le pusieron Nigga, que está tan de moda entre los reggaetoñeros. Y Brandon Gómez es un niño que crecerá educado por la tele, mientras los padres trabajan y la abuela le echa un ojo. Y ese niño un día se convertirá en hombre y estará atado a un círculo vicioso que no han caminado su abuelo y su padre. Y cuando gane su primer sueldo invitará la borrachera a sus compañeros de oficina. Y en una fiesta conocerá a la dueña de sus quincenas. Y el amor le hará creer que la vida le sonríe. Y seguro tendrá un hijo al que bautizará como Brandon, sí Brandon segundo. Y a la niña le pondrá Marlene, el mismo nombre de su madre. Y el destino nos demostrará que el hombre es un animal de instintos básicos, que cree comerse el mundo a mordidas y acabará ladrándole a su sombra, contagiado de ese virus llamada rutina. ¿Y cómo es que sé todo eso? Lo veo todos los días, en el Metro, en mi vecindario, en el súper, en aquella muchacha desaliñada que jalonea a su hijo, en aquel joven-viejo con panza de chelero, en ese muchacho que le mira el trasero a otras mujeres mientras su esposa camina con desgano. Lo observo a cada rato en el trayecto a mi trabajo. Lo escucho mientras mis vecinos discuten a gritos. Lo miro en los ojos de una juventud que carece de sueños, que esconde la mirada tras unas gafas Dolce & Gabbana piratas. Joaquín Sabina siempre será un sabio: “Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar”.
Roberto G.Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico








