La tristeza es un arma humeante

Mi vecina escuchaba la K Buena a todo volumen, como todos los días, y yo tenía ganas de vomitar por cualquier cosa. Me dolía la cabeza, aún sudaba alcohol después de una noche de juerga que incluyó escala en el Salón Sol y el Dos Naciones
El alcohol gobierna mis noches cuando me da por sabotear el sentido común. Mis amigos son más borrachos que yo, me repito cada que los veo en el desmadre, pero seguro ellos dicen lo mismo de mí. Según yo, soy buen bebedor, porque nunca acabo tirado ni me vomito en los retretes, pero eso es otra mentira: si supiera beber no llegaría a casa con la cartera vacía de tanto invitar tragos, ni besaría a mujeres extrañas a espaldas de sus novios. Una vez hasta nos sacaron del Río de la Plata por armar tanto desmadre. El pinche Gonzalo tuvo la culpa por mandarle una cerveza a una chava guapa de otra mesa. La vieja se sintió halagada y hasta agradeció el gesto con una sonrisa, mientras sus amigas cuchicheaban. Ya luego llegó el novio y no faltó la chismosa que le contó que un idiota —seguro empleó esa palabra— andaba perreando a su chica. Poco después, cuando Gonzalo salía del baño el tipo lo empujo como “por accidente”. Mi amigo se sacó de onda y sólo lo miró con extrañeza. Aquel pendejo le reclamó: “a ver si te fijas por dónde caminas, idiota”. A mí me dio risa esa mamada. Gonzalo se disculpó al sentirse abrumado. Algunos de mis cuates son muy imbéciles. “¡Qué!”, el buscapleitos se envalentonó ante la inseguridad de Gonzalo, “¡qué dijiste!”, insistió. Me acerqué y lo tome del hombro: “Dijo que Roberto sí te parte tu madre, cómo ves”. Estaba de mi forje, así que le fui midiendo la tesitura al reto. “¡Tú no te metas, pendejo!”, me empujó como nena. Le di un cabezazo en la frente, nomás por mala puntería porque yo quería romperle la nariz. Su mirada era de terror y no había forma de abrirse sin quedar en ridículo. Las viejas gritaban, algunas botellas de cerveza se estrellaron contra el suelo. “A ver, putito, vamos a ver si aprendí algo viendo pelis de Jackie Chan”, ya no pude darle otro madrazo porque me cayeron encima dos weyes de seguridad, que me sacaron con facilidad no sin antes advertirme que ya no era bienvenido en ese lugar. Al otro tipo lo “guardaron” un rato adentro, mientras su novia seguramente le agarraba su carita y le decía “pobrecito”. Pinche puto. Mis amigos, que también son medio putos, salieron poquito después de pagar la cuenta. Fabrizio me reclamó por mi mala puntería. Y su chava traía una jeta de wey-me-quemas-en-sociedad. Gonzalo me dio las gracias aunque, fiel a su tibieza, comentó que no era para tanto, que debo controlar mi carácter. Y El Maruchan, que se llama Aldo, no dijo nada, sólo encendió un cigarrillo y me invitó una calada porque ya era el último.
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Fabrizio y su vieja se cortaron. Los demás nos fuimos a seguirla a otro lado. Siempre era lo mismo, necesitábamos beber para curar derrotas, para olvidar todo y acaso nada más para que sucediera algo. Y como siempre, acabamos lo suficientemente ebrios para regresar a casa en taxi y jurar a la mañana siguiente que no volveríamos a beber de esa forma. Yo prefería eso a que quedarme en casa jugando FIFA 09 en línea, con rivales pésimos. Siempre me he preguntado por qué bebo de esa manera. La respuesta ha ido variando a lo largo del tiempo. Mi madre dice que mi padre tiene la culpa, bueno, la ausencia de mi padre. Mis tíos coinciden en que “viene de familia”. Mi psicóloga, a la que sólo visité un par de veces, señaló con tono docto que el rencor y el odio son los motores de mis desvaríos. Yo no soy tan conmiserado. Bebo porque me gusta, sólo por eso. Y no pongo de pretexto la tristeza, ni la euforia, ni nada parecido. Bebo porque soy alcohólico y eso no es para sentirse orgulloso. Pero eso a quién chingados le importa. Beber es como escribir, sólo lo haces porque te gusta. Y no faltará el idiota que salga con su mamada de “¿quién te dijo que sabes escribir?”. No, yo no he dicho eso, sólo dije que me gusta. Y soy malo para beber y para escribir y para muchas cosas más, como para apostar en mi contra. Y hasta para coleccionar canciones de autores que muchos ni conocen. La tristeza es un arma humeante y yo soy un esqueleto roído por la melancolía, soy un número en la nómina, soy un tonto por creer que no me olvidarás. Bien dice Mikel Erentxun: “Mis grandes éxitos son todo lo que no he llegado a ser./ Mis grandes éxitos son todo lo que quiero que me des,/ un segundo contigo y después ya se verá,/ siempre queda mucho por hacer…/ ¿Cuántos años llevo aquí?, ¿cuántos me pueden quedar?,/ ¿cuál es el precio exacto de la sinceridad?,/ ¿quién se acordará de ti?, ¿quién te volverá a escuchar?”.
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico








