Un maniquí en fragmentos / Manual para canallas

Las Historias de Roberto G. Castañeda

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Un maniquí en fragmentos / Manual para canallas

Notapor Demian el Jue Oct 08, 2009 8:02 pm


Un maniquí en fragmentos


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Liliana llevaba casi una hora arreglándose, se quitaba un vestido, se ponía otro. El desgano no le sentaba nada bien. A mí me encantaba verla semidesnuda, pero aquello no era nada emocionante. “No tengo ganas de ir a esa fiesta con tus amigos”, me miró a través del espejo. “Y qué quieres hacer”, cuestioné


Ella levantó los hombros como diciendo no-tengo-idea. “Es que tus fiestas son muy aburridas”, Liliana siguió observándose en el espejo.
—Supongamos que no vas. ¿Qué harás, entonces? ¿Ver telenovelas? ¿Leer el catálogo de Sears?
Yo cerré los ojos y pensé que tenía razón, mis amistades no eran lo que se dice muy divertidas, al menos no para una chica de 24 años. Pero era el cumpleaños de mi jefe y apenas me acababan de dar un aumento de sueldo.
—Es que se la pasan hablando de sus trabajos y siempre ponen música que no me gusta.
Ella tenía cara de fastidio. De un tiempo a la fecha la relación se había estancado. Ella prefería salir con sus primas, emborracharse en Los Remedios, irse con su palomilla a los conciertos de grupos como Panda.

A Liliana la conocí en un coctel, iba con una amiga y parecía aburrida. No me costó mucho sacarla de allí para irnos a emborrachar a otro lado. Durante un tiempo funcionó como suelen funcionar esas cosas: le emocionaba conocer mi mundo. A mí me fascinaba casi toda ella. Y digo casi porque la lucidez no era precisamente uno de sus atractivos.

—Creo que deberíamos darnos un tiempo —se sentó frente a mí.
Yo sabía lo que significaba eso. Uno: que fue educada por la televisión. Y dos: que seguramente ya tenía un pretendiente.
—Si eso quieres —tomé el control remoto y le bajé al estéreo—, pero por favor no vayas a cambiar de parecer mañana.
—¿Así nada más? –giró para observarme—, te pido que nos demos un tiempo y aceptas de volada. ¿Acaso no te importa nada? ¿No me amas?

Carajo, lo malo de la pasión es que no distingue los matices. Allí no hibernaba el amor, sólo la necesidad: las ganas de sentirse admirada, protegida, deseada. Pero a ella le daba por creerse el personaje de su minidrama. Y cuando se enfadaba la contentaba con un perfume. Y si estaba feliz me besaba como una princesa en la escena del vals. Y a veces se ponía en plan romántico y juraba que yo era el hombre de su vida. Pero a quién engañábamos. Ella no se iba a quedar para siempre. Y yo no soy un tipo que se cree lo que dictan las baladas.

—Tú eres la que ya no está a gusto –no había mucho que aclarar—, así que no hay mucho que objetar.
—Eres un cabrón –sus ojos anunciaban lágrimas.
—Y soy pésimo para el romance y reprobé artes dramáticas en la prepa –tomé otra vez el control, apreté un botón y subí el volumen porque sonó una rola de Coldplay que me gustaba mucho.
—Bien me dijo Pamela que me ibas a botar como si nada –su amiga no era precisamente la mejor consejera—, que todo te vale madres.

Si algo no soporto en ciertas mujeres es esa tendencia a ponerte a prueba. Debes demostrarles siempre lo mucho que te importan. No vale que un día antes les lleves flores, de nada sirve que una hora antes hayan hecho el amor como nunca. Siempre están pendientes de reafirmar que te tienen en sus manos. Necesitan saber que tu voluntad es suya aunque lo disfracen con frases como “a dónde quieras, aunque a mí gustaría…”

—Mira, Liliana, déjate de tonterías y toma una decisión. Si quieres que nos demos un tiempo sólo empaca lo necesario y no hagas drama. Y sí ya se acabó, olvida todo y cuando te vayas cierras con llave.
—¡Idiota! Te odio, te odio. Nunca me has querido –se fue a llorar a la recámara.

Guardé los cigarros, salí con toda la calma y apenas estaba doblando la esquina cuando sonó el celular. No contesté. Cuando llegué a la fiesta ya tenía cuatro llamadas perdidas y un mensaje de texto: “Seguro que la zorra de tu secretaria se alegrará de que llegues solo. Eso es lo que querías, ¿no?”.

Un par de horas después Liliana me volvió a llamar desde un antro: “Si creías que me iba a quedar a esperarte como una tonta, estás mal. Salí con mis amigas y no sé si voy a regresar”. No me dejó responder porque colgó de volada. Yo le llevé una Corona a la cuñada de mi jefe, una chavita con buena pinta y que tenía una plática interesante.

Como a las dos de la mañana, Liliana marcó otra vez. ¿Y ahora qué? “Mi amor, te extraño, ven por mí”, ya sonaba ebria. Me recordó a un maniquí con cuarteaduras en el alma. Carajo, el pinche diablo no se anda con mamadas. Cuando te invita al infierno te otorga una membresía sin restricciones. Le explique a Liliana que mi jefe apenas iba a apagar las velas de su pastel y colgué. “¿Tu esposa?”, preguntó mi nueva amiga. “No, es una ex novia que me extraña”, comenté adivinando el futuro. El telón de fondo era una canción de Zoé. Y yo le pregunté si le llevaba otra cerveza. Y su respuesta fue una promesa: “Pero si me emborracho tú me llevas a mi casa”. Ya no me importó que el celular sonara cada media hora, ni esa voz que dejaría un mensaje que ya me resultaba familiar: “Amor, perdóname por ser una tonta”. Y yo reconfirmé que si la suerte te guiña un ojo más vale que apuestes tu resto.


Roberto G.Castañeda
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