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Sutura para sueños rotos / Manual para canallas

NotaPublicado: Jue Oct 29, 2009 8:19 pm
por Demian

Sutura para sueños rotos


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Aquella vecindad apestaba. Literalmente, apestaba: vivíamos junto a un río inmundo y lleno de deshechos industriales. Y encima de todo, las ratas eran habituales visitantes. No tengo fobias, ni temores, pero las ratas siempre me han provocado náuseas

Aún así, nunca tuve problemas en eliminarlas a resorterazos o arrinconarlas con una escoba en la esquina. Bueno, el asunto es que mi jefa se esforzaba por sacarnos adelante en la medida de sus alcances. Sola y con cuatro hijos, que además eran tremendos, Alicia tenía que lidiar con caseros que nos corrían a la menor provocación, ya porque “sus hijos dejaron escapar a los conejos”, ya debido a que sus “escuincles le pegan al mío” y demás etcéteras. Éramos miserables y además lo parecíamos: pantalones remendados, tenis rotos y camisas regaladas por los primos más favorecidos. En el límite de la desesperación, mi madre aceptó un trabajo como afanadora o auxiliar de intendencia como le llamaban decentemente. Y desde entonces, mi jefa se partió el lomo barriendo salones y lavando baños inmundos. Ella siempre fue una mujer que no tuvo escapatoria. De pronto mi padre la abandonó y fue enviada a un puto purgatorio que nunca había imaginado, pero en lugar de darse por vencida o envenenarnos con raticida, optó por demostrarse que si se había metido en ese laberinto al menos tendría el coraje para conducirnos hacia la salida. Yo tendría unos nueve años cuando nos mudamos a una vecindad más decente, en el centro de un pueblo con pretensiones de ciudad llamado Atizapán. Para completar la renta, Alicia vendía quesadillas y sopes en la entrada del vecindario, junto a una pulquería. Sí, Alicia en el país de las quesadillas. Chale, eso qué. Pinche chiste local y mamerto. Mi madre recuerda que nos iba bien, que gracias a ello no tuvimos que dejar la escuela. Pero también mi jefa dejó media vida en el intento por darnos al menos una existencia llevadera. Yo iba por el carbón y los refrescos, mi hermano cortaba el papel estraza en cuadritos, mi carnalita se comía la masa cruda, mi otra hermana aprendía a guisar junto a mi madre. Y todos empezamos, sin saberlo, una empresa familiar que nos sacaría a flote. Alicia era tan buena para cocinar que eso le abrió muchas puertas. Lo mismo hacía 200 tamales para la señora de la tienda, que preparaba 150 chiles en nogada para la directora de la escuela. Un buen día llegó con dos noticias: la buena, que hay que hacer 400 tortas diarias; la mala, que les toca a ustedes hacerlas. Y así dio un giro nuestra vida. En las mañanas teníamos que hacer 200 tortas para venderlas a la hora del recreo en la secundaria 8. Y en la tarde una cantidad similar. No era gran ciencia, pero sí muy laborioso. Había que cocinar los frijoles desde una noche antes, teníamos que ir por las teleras a las 6 de la mañana y picar la lechuga y elegir los jitomates en su punto. Cómo hacíamos para estudiar y atender el negocio, eso es algo que aún no alcanzó a entender. Sólo sé que mi madre se las ingeniaba para que todo funcionara a la perfección.


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Luego entré a la secundaria y, debo confesarlo, me avergonzaba que mis compañeros me vieran cargando mis costales de pan mientras iba de regreso a casa. A la hora del receso me tocaba vender las tortas en la cooperativa. Y pasé de ser el chico listo de mi clase a llamarme Señor Turtle. Así me puso el más “ocurrente” de mi clase, aunque tuvo que explicar el chiste: “Mister Turtle, el Señor Tortuga, lo entienden, porque es el que hace las tortugas, las tortas pues” y se reía como un tonto. Sentí ganas de lanzarme sobre él y estrellarle la cara, con todo y gafas, sobre la pared. Pero yo era un chamaco muy decente o muy puto. Así que no me quedó más que amortiguar el peso de mi nuevo apodo. Y durante tres años fui Mister Turtle. Claro que también fui bueno para el futbol y malo para sociabilizar. Tenía poco tiempo para hacer lo que hacían todos los chavos de mi edad. En lugar de ir a pedir calaverita, con mi calabaza iluminada con velas, tenía que encender el anafre. En vez de coleccionar estampitas de luchadores, debía ir a comprar la masa para los sopes. De chicas ya ni hablamos, porque más tardaba en invitar un helado a mi vecina que en escuchar los gritos de mi madre para que fuera a ayudarle a mi hermana a hacer la tarea. Por ser el mayor, me tocaron los peores regaños, los golpes más fuertes, las responsabilidades para las que no parecía preparado. Yo hubiera querido ser portero profesional y tenía el talento. Eso me decía mi entrenador, tal vez porque le simpatizaba o quizá porque en verdad era bueno. Pero el día de la final, cuando se elegiría a los seleccionados del estado de México, no pude ir a porterear porque mi madre se cayó de las escaleras, se desmayó y se rompió la pierna. Me bajaron del camión para explicarme que había sucedido un accidente. Mi madre fue llevada de emergencia a un hospital y tardó unas dos horas en cirugía. Se recuperó pronto de la herida, pero le quedó una ligera, apenas perceptible, cojera. A mí siempre me atacó la duda sobre si aquel partido de futbol pudo haberme cambiado el rumbo. El destino suele ser un bufón, que se ríe a nuestras costillas. Y la pierna de mi madre acortó sus pasos. Y yo tuve que suturar mis sueños de ser futbolista profesional. Siempre que lo platicamos, mi jefa me recuerda que está más orgullosa de mí por haber terminado la universidad. “No me hubiera gustado ser como la mamá de Cuauhtémoc Blanco, que se la pasa peleando con las nueras”, bromea Alicia y se ríe con esa risa franca que siempre me ha iluminado. Chales, jefa, me cai que me hubieras heredado tu alegría. Y no estaría todo el tiempo sintiéndome un miserable, como ese chavito que fui algún día y que no recorrió el barrio pidiendo para su calaverita. En verdad que mi madre es todo un caso, una mujer hecha de otra madera, que escondía sus lágrimas para no entristecernos. Sí, mi madre es esa señora que remendó mis alas rotas, que nunca me dio un abrazo pero que me miraba con ternura mientras yo dormía. Sí, mi madre es un monumento a la dignidad, como la tuya, como la señora que lava ajeno, igual que aquella vecina que vende pambazos en la esquina. Lo único malo, sin reclamos, es que me heredó esta mirada furtiva, llena de tristezas y que inunda en época de lluvias.


Roberto G. Castañeda

Manual para canallas

El Gráfico